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viernes, 25 de abril de 2014

Capítulo 13.

¡Buenas! :D He estado a punto de ser asesinada varias veces ejem, Rocío, ejem Pero bueno, sigo vivita y coleando, aunque he de decir que a algunas personas les gustaría descubrir si hay un Ancel al otro lado o no... jajaja En fin, me voy por las ramas. Aquí vengo con el capítulo 13, donde veréis las habilidades escondidas de Ancel y descubriréis quién es aquel que interrumpió a Leyna y Ancel jejeje Pero, ya sabéis, que necesito tres comentarios para subir el siguiente. ¡Buen finde! :)

PD.: Ahora voy a dedicar los capítulos, y este va para mi asesina personal, Ro :3 Gracias por tener piedad y darme conversación en clase.

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Capítulo 13.
–Nergal –masculló Ancel, todavía con sus labios contra los míos.
A regañadientes, se alejó poco a poco, sin quitar todavía una de sus manos de mi cintura, con la que me atrajo hacia él, en un intento de protegerme. Supuse que de Nergal.
O de lo que pudiera decir, porque en la puerta se había plantado un chico de unos doce años de aspecto culto. Unas gafas de pasta que parecían demasiado grandes para su cara le adornaban los ojos. Llevaba el pelo engominado, negro, y portaba un traje con corbata.
–¿Has llegado de la guardería? –inquirí, con las cejas arqueadas.
Ancel luchó por contener la risa junto a mí.
–Al menos yo he aprendido algo. ¿Y vosotros? ¿Ya sabéis cómo mover la lengua? –Contraatacó él.
–¿La has movido tú alguna vez para algo más que para dar el coñazo? –respondió Ancel.
–Van a ser unas clases divertidas –murmuró Nergal, sin contestar a la provocación.
Después abandonó su sitio en la puerta y marchó por el pasillo, dejándonos a Ancel y a mí sumidos en un silencio demasiado incómodo.
Él se llevó la mano a la nuca, claramente azorado. Y no se me ocurrió otra cosa que reír.
–¿Qué te hace tanta gracia? –dijo Ancel, a la defensiva.
–Tú –respondí, todavía en carcajadas.
–¿Yo? –Levantó las cejas.
–¿Es que nunca habías besado a una chica?
–No a una que realmente me atrajera.
Yo sonreí, mirándole directamente a los ojos.
Entonces, unos golpes en la puerta nos interrumpieron.
Ancel maldijo y se acercó para abrir… O no. Porque gritó a través de la madera:
–¡Vuelve después!
–Lucifer requiere vuestra presencia.
Ancel volvió a maldecir y giró el picaporte.
En el umbral de la puerta había un chico de unos veinticinco años que nos miraba de soslayo.
Se apartó de sopetón cuando Ancel salió, puesto que estaba bien dispuesto a llevarse al mensajero por delante.
Era evidente que estaba enfadado, pero ¿por qué?
Una sonrisa se formó en mis labios mientras avanzaba detrás de Ancel.
¿Era posible que le gustara? Sin duda tendría que investigar acerca de sus “amores”, sabiendo perfectamente que más de una había mantenido una relación con él que sobrepasaba la amistad.
Eso sí, ¿hasta qué punto?
Y además, ¿quería yo seguir con él? Lo mejor sería dejarlo pasar. No sentía nada, suponiendo que se pudiera.
Bueno, quizá si sentía algo.
Cuando llegamos a la escalera, dos militares, ataviados con el correspondiente uniforme color caqui, se apostillaron en nuestra retaguardia. Dos espadas colgaban de sendos cinturones, así como todo tipo de dagas.
Ancel frunció el ceño, pero no dijo nada y siguió escalón tras escalón.
Musitel también estaba colgada de su cintura, y parecía tener un alma propia, pues una energía similar a la de Ancel manaba de la vaina.
En el salón se hallaba Nergal, hablando con otros dos espíritus. Detrás de ellos se encontraba Lucifer.
–Tan solo acaba de llegar, Ancel –dijo.
Miré a mi compañero sin entender las palabras de Satanás, pero él parecía haberlas pillado. Y, por su cara, supe que no eran bonitas.
En lugar de responder a Lucifer, se volvió hacia Nergal, a quien pareció crucificar con una mirada.
–Bastardo asqueroso –masculló.
Y, mientras yo comprendía que la venganza de Nergal había sido el contarle lo de nuestro beso a Lucifer, Ancel estaba ya con una daga rodeando el cuello de Nergal.
Los otros dos comisarios miraban la escena con asombro, mientras que el Príncipe de las Tinieblas sonreía con suficiencia.
Nergal comenzó a patalear, en un intento de quitarse a Ancel de encima. No obstante, era evidente que no iba a conseguirlo.
–Podría matarte ahora mismo, aquí mismo, niñato insolente –masculló, tan cerca del oído de Nergal que me costó oírlo–. Pero en su lugar, te reto a un duelo.
Y se separó de él, desenvainando a Musitel. Nergal miró con el miedo pintado en los ojos a Ancel, y después a Satanás, quien se limitó a asentir y sonreír de satisfacción.
Sin duda parecía divertido.
Nergal tragó saliva.
–Pero… ¿a muerte? –inquirió, vacilante.
–Demuestra lo bueno que eres, chavalín –le provocó Ancel.
–Basta, Ancel –Satanás se cruzó de brazos–. No será a muerte, pero si pierdes, Nergal, me temo que tendrás que ser castigado.
–¿De qué forma, Señor? –Su voz era apenas un hilillo, escasamente audible.
–Si te rindes, estarás a las órdenes de Ancel durante cien años completos. Si te gana, serás humillado públicamente y relevado de tu cargo.
Los ojos de Nergal se abrieron como platos.
–No… no puede hacer eso.
–Claro que puedo. ¿Acaso lo dudas? –El tono de Lucifer era peligroso.
–No, no mi Señor. Pero soy el mejor en mi trabajo.
–Bueno, pues te encargarás de hacer a Leyna la mejor.
Y dicho eso, se volvió hacia los comisarios, dando por finalizada la conversación.
–Traed a Sycret.
Un espíritu, que debía de ser un sirviente, salió del salón escaleras arriba. Tiempo después volvió con una vaina entre las manos.
Supuse que sería la espada de Nergal.
Se la entregó a Lucifer, quien la desenvainó y la observó con detenimiento.
En la empuñadura había grabado un escudo con una frase debajo. Ésta estaba en algún idioma totalmente desconocido para mí, por lo que no pude saber lo que significaba. El filo era ancho, pero fino, por lo que debía cortar bien.
Musitel, por el contrario, tenía una punta también fina, pero no tan ancha, lo que facilitaba el manejo. La empuñadura conservaba un color azulado, que parecía parpadear bajo la luz cegadora en la que estaba sumido el Averno.
–En guardia –dijo Lucifer.
Ancel miró desafiante al niño, que, por el contrario, resultaba evidente que estaba asustado.
Era unas tres cabezas más bajo que su adversario, e infinitamente más delgado. En el cuerpo de Nergal, la musculatura brillaba por su ausencia.
Sin embargo, levantó su arma y encaró a Ancel.
Hicieron el saludo correspondiente y la batalla empezó.
Ancel fue el primero en atacar, algo que solía hacer normalmente, pude adivinar. Nergal ya se lo estaba esperando, por lo que esquivó el golpe con agilidad y se apartó del camino de Musitel, que cruzó el aire rauda y peligrosamente veloz.
Ancel hizo un quiebro y volvió a lanzar un ataque, que Nergal tuvo que parar con dificultad. De nuevo, el filo de Musitel se movió por el aire con una rapidez alarmante, y, al instante, se encontraba yendo contra el costado de Nergal.
Éste tuvo que dar un traspié para evitar que la espada perforase sus costillas, pero perdió el equilibrio y se precipitó hacia atrás.
Ancel iba a abalanzarse sobre él cuando una patada de su adversario le llegó a la entrepierna.
Creo que yo me estremecí de dolor más que él.
Ancel se dobló por la mitad, con la cara contraída en una mueca de dolor, mientras Nergal se alejaba y se ponía en pie.
–Las patadas… no… valen –masculló Ancel.
Nergal se encogió de hombros, indiferente.
Mi compañero miró de soslayo a Lucifer, que lo único que hizo fue mirarle divertido.
Al parecer, en ese duelo, todo valía.
Nergal, en lugar de atacar a Ancel estando desprotegido, se tomó el tiempo en el que su oponente se recuperaba para recobrarse.
Bien era verdad que no se cansaban, pero Nergal estaba en clara desventaja.
Cuando el chico de ojos ambarinos se hubo recobrado, esperé una cara repleta de enfado, pero en su lugar encontré unos ojos fríos y una expresión aparentemente apacible.
Recordé la vez en la que Ancel me había dicho que debería verlo luchando, y, por primera vez, fui consciente de que todos los golpes anteriores habían sido un juego, una preparación para entretenerse.
Ahora era cuando iba en serio.
Nergal también pareció darse cuenta, porque dio un paso atrás al advertir la distante mirada de su peligroso adversario.
Por un momento, los ojos de ambos se encontraron, y Ancel le escrutó la mirada.
Nergal comenzó a temblar de miedo, sin poder separar su vista de la de Ancel.
–Para… –era un susurro apenas audible–. ¡¡PARA!! –gritó entonces.
Ancel rompió el contacto visual.
–¿No valía todo? –preguntó, con una voz fría y distante.
–¡No el usar tu poder! ¡Yo no tengo ninguno!
–Habértelo pensado antes de darme esa patada.
Eché un rápido vistazo a la sala. Los dos comisarios se habían apartado y cuchicheaban al pie de la escalera, claramente alterados.
–Basta –la voz de Lucifer detuvo la pelea–. Quiero ver un duelo, no una discusión de críos.
–Que es lo que es –masculló Ancel en voz muy baja.
Se volvieron a separar y a encarar, en guardia.
–Empezad.
Esta vez, Ancel no se movió. Nergal, claramente confuso por un momento, se quedó parado en su sitio, para luego arremeter contra mi amigo.
Sin embargo, su espada solo se encontró con aire.
Ancel se había movido rapidísimo y había conseguido colocarse detrás de Nergal. Supe que estaba esperando para poder divertirse un poco, pero en cuanto se hartara de la pantomima, Nergal caería en cuestión de segundos.
Éste se volvió, a tiempo de colocar su arma entre su cuerpo y Musitel, que un momento después volvía con otro ataque.
Ancel combinaba perfectamente cada golpe, embistiendo en los lugares menos protegidos y sorprendiendo a Nergal en muchas ocasiones.
Al final, después de un tiempo en el que Nergal no hacía más que esquivar y colocar la espada para evitar que le atravesara, Ancel hizo su golpe maestro.
Atacó el costado izquierdo de Nergal, claramente desprotegido, y lo atravesó de verdad.
Fue en ese momento en el que me percaté de que cada golpe de Ancel había sido retirado antes de llegar a su objetivo. No era Nergal quien paraba los golpes, sino el propio Ancel. El ruido metálico que se oía, era el producido al rozarse los dos filos cuando Musitel volvía de nuevo para lanzar otro ataque.
No obstante, ahora sí había llegado.
Un grito de dolor agudo atravesó la sala, que hizo sonreír a Lucifer.
Pero Ancel no había acabado.
Dio una vuelta, levantando su espada en alto, dispuesto a matar a Nergal.
Miré a Satanás en busca de ayuda, pero solo encontré silencio.
–¡Lo va a matar! –chillé.
–Que lo haga. Tengo espías en otras partes.
No obstante, no pude evitarlo.
Me abalancé sobre Ancel con toda la velocidad que pude –que no era poca–, y conseguí desestabilizarlo.
Él, aún con la espada en alto, me miró con esos ojos ambarinos que se habían vuelto fríos.
–Apártate, Leyna.
–No voy a dejar que mates a mi tutor.
–Yo seré tu tutor.
–Puede sernos útil, Ancel –ahora era mi voz la que iba cargada de amenaza.
–¡Esperad! –exclamó Lucifer, claramente excitado–. ¿Por qué no lucháis vosotros dos? Así puedo ver el nivel de Leyna con la espada. Quien gane decidirá el destino del joven Nergal.
–Lo siento –le dije, sin sentirlo de verdad. Simplemente, era una manera de anunciar que estaba claro que iba a perder.
Ancel protestó en seguida:
–No voy a luchar contra ella.
–¿Por qué no? ¿Es que tienes miedo de que te gane? –intervino Nergal.
–Cierra el pico, niño –le recriminé.
Él masculló algo por lo bajo, pero no dijo nada más.
–Traed dos espadas de entrenamiento –ordenó Lucifer.
Ancel resopló y se puso a mi lado.
–Intenta no hacerme daño –susurró a mi oído.
Yo reí levemente.
–¿Y lo dices tú?
–Claro que lo digo.
–Ancel, sé realista. Te acabo ver pelear, y eres el mejor. Pero, ¿me has visto alguna vez a mí luchando?
–No –contestó él, taciturno.
–Eso es porque nunca lo he hecho.
Él reprimió una sonrisilla.
–Bueno, pero, ¿quién se tira encima del General cuando está hecho una furia y a punto de matar a alguien?
–Tal como lo dices, yo soy la única loca que lo ha hecho.
Él se encogió de hombros. Cuando iba a replicar, Lucifer le cortó:
–Vamos, tortolitos –miró a Ancel, como con aburrimiento–. Pelea bien.
Ancel esbozó una sonrisa de suficiencia y le aguantó la mirada a su Emperador durante unos segundos. Después se volvió hacia mí, con las comisuras de la boca ligeramente levantadas.
He de decir que así estaba irresistible.
Levanté la espada de madera, que pesaba más de lo que esperaba. Era un simple palo con la forma de la espada, pero puedo asegurar que no estaba hueco.
Ancel, no obstante, empuñaba su arma con gran facilidad.
Hice una mueca.
–En guardia –dijo.
Resoplé y puse el tocón –perdón, espada– entre Ancel y mi cuerpo.
Ancel murmuró un “lo siento”, y, cuando Lucifer dio la orden de empezar, arremetió contra mí, fintó, se me puso detrás, y en menos de dos segundos, yo ya estaba desarmada, en el suelo, y con Ancel encima de mí, haciendo presión.
“Oh, sí, muy bien, Leyna. Ha tardado dos segundos en derrumbarte, así que has durado más de lo que pensabas, al fin y al cabo” me dije.
Ancel rio y se apartó de mí, ayudándome a ponerme en pie. Un calambre recorrió lo que una vez había sido mi espina dorsal mientras enfocaba la vista.
Nergal seguía apoyado contra la pared, observándonos con el ceño fruncido.
–Qué, Leyna Shellow, ¿se te ha olvidado cómo coger una espada? De hecho, ¿sabes siquiera lo que es? –dijo, con una sonrisa suntuosa en el rostro.
Iba a contestarle de manera humillante, pero una daga salió volando desde algún punto a mi espalda y fue a clavarse justo en el centro de la mano del chico, haciéndole soltar un improperio mientras trataba de no gritar.
Ancel me alcanzó en dos zancadas.
–Vuelve a comportarte como el completo idiota que eres y lo lanzo un poco más hacia la izquierda, a ver si así puedo perderte de vista –su tono era frío y calculador–. Además, ahora tu destino está en mis manos.
Nergal soltó un juramento y dirigió su mirada a Lucifer, quien se encogió de hombros y luego fijó su vista en Ancel, y luego a mí. De vuelta a Ancel, y de nuevo a mí.
Estuvo así un buen rato, supuse que para sopesar sus ideas, hasta que al final dijo:
–Tendrás que trabajar, Leyna, para llegar a colocarte entre los mejores Purgadores –suspiró–. Os quiero aquí puntuales el domingo.
–Me pensaré tu humillación –Nergal estaba claramente enfadado con mi amigo.
Luego, Ancel me tocó el brazo para indicarme que le siguiera escaleras arriba, hacia la habitación.
Cuando llegamos al primer piso, se detuvo frente a la puerta, tapándome la entrada con su atlético cuerpo.
–Creo que eres la primera persona que hace suspirar a Satanás en todo el tiempo que llevo aquí.
Arqueé las cejas.
–¿Eso es bueno?
Él rio por lo bajo.
–Depende.
Sacudí la cabeza y le aparté el brazo para abrir la puerta y pasar dentro. Él accedió y me siguió al interior, donde se sentó en la cama.
–¿Ancel? –le llamé.
–¿Qué?
–¿Qué es un Purgador?
Él se pasó la mano por la nuca, vacilante.
–¿Confías en mí?  –inquirió de pronto.
–No sé qué tiene eso que ver con…
–¿Confías en mí? –insistió.
–¿Debería? –contraataqué.
Eso le arrancó una amplia sonrisa torcida de las suyas.
–No, no deberías. Pero lo haces –adivinó.
–Me gusta el deporte extremo –me encogí de hombros.
–Esto es más que extremo.
–Mejor aún –contesté.
Él rio una vez más y luego se levantó para ponerse en frente de mí.
Colocó las manos en mis hombros y cerró los ojos. Yo le imité, un poco vacilante, intentando adivinar sus intenciones.
¿Se había vuelto loco o me estaba gastando una broma?
Probablemente no sería ninguna de las dos, pero era una bonita manera de esconder el miedo.
Noté cómo un calor conocido invadía mi cabeza. Imágenes pasaron raudas por delante de mis ojos cerrados.
De alguna forma, entendí lo que estaba pasando, a pesar de no tener ni idea de cómo lo había conseguido.
Ancel se había introducido en mi mente.

jueves, 17 de abril de 2014

Capítulo 12.

Lo primero de todo quería pedir perdón, porque entre toda la Semana Santa y eso, he tenido problemas para subir, pero aquí lo tenéis. Además, espero que compense el final, que seguro que os gusta :3 Y bueno, nada más, a parte de reiterar lo que vengo repitiendo siempre: 3 comentarios, por favor. No cuestan nada, y solo pido 3. Si necesitáis saber por qué pido los comentarios, podéis mirar los capítulos anteriores, que lo he explicado trescientas mil veces. Gracias a los que lo comprendéis y dejáis un comentario o me decís qué os ha parecido de cualquier otro modo. 
Un saludo y feliz Semana Santa ^-^

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Capítulo 12.
–Pe… perdón. Yo… –intenté balbucir.
–¿Cuándo empezamos, Señor? –me cortó Ancel.
–Ahora mismo –respondió Lucifer, restándole importancia con la mano.
–¿De qué constará su adiestramiento?
–Tendrá doce horas de lucha contigo, ocho con Maestros especializados y dos libres para conocer mi reino.
–¿Tiene permiso para salir sin acompañamiento de la residencia?
–No, tú estarás siempre allí: cuando quiera salir, durante sus clases… Siempre. A ver si así aprendes de Nergal.
–¿Nergal va a dar clases a Leyna? –La voz de Ancel denotaba molestia.
–Por supuesto. Se supone que debe de estar de camino –y añadió, antes de que Ancel protestara–: Pasad por el Consejo antes de hacer nada. Ellos os informarán de lo que quiero que hagáis.
Ancel tragó saliva. ¿Estaba asustado? ¿O quizá era solo para evitar no darle un puñetazo a alguien? Fuera lo que fuese, la emoción era fuerte, porque para que Ancel hiciera un gesto tan perteneciente a la vida…
Un movimiento me sacó de mi ensimismamiento: Ancel, levantándose e inclinándose ante Lucifer.
Me incorporé también, bajé la cabeza rápidamente ante Satanás, y después seguí a mi compañero hacia el salón.
Una vez que la última puerta se hubo cerrado tras nosotros, respiré aliviada. Había sentido la mirada fría de Lucifer pegada en mi nuca desde que abandonamos la estancia, y no me había atrevido a mirar atrás.
Ancel me condujo a través de la sala grande para cruzar otra puerta más. Entramos a un salón repleto de espíritus, que charlaban despreocupadamente sin fijarse en nosotros.
Lo cruzamos de punta a punta, hasta llegar a una habitación cuadrada y pequeña de madera. El polvo se acumulaba en las estanterías vacías y daba la sensación de que nadie había pasado por allí en mucho tiempo.
–Hay muchas maneras de llegar al Consejo, pero esta es la más… íntima.
–¿Planeas algo, Ancel? –dije, arqueando las cejas.
Él esbozó una sonrisa torcida, mientras un brillo maligno cruzaba sus ojos.
–Aún no –respondió.
Pateó el suelo hasta encontrar un tablón que sonaba hueco, y luego se agachó sobre él. Metió la mano entre las dos tablas de madera y, tras un sonido, sacó una de ellas.
Una trampilla.
Me miró divertido y después se sacó una llave de un bolsillo que estaba vete tú a saber dónde. La metió en un lugar que no pude alcanzar a ver y la portezuela se abrió.
Unas escaleras bajaban hacia una zona completamente a oscuras. Ni siquiera estando muerta podía ver lo que había ahí dentro.
–Es magia negra. Permite esconder el pasillo.
–¿La misma que nos une?
Ancel hizo una mueca.
–No. Esta es diferente. Vamos –dijo, mientras ponía ambos pies en el primer peldaño.
Comenzó a bajar para dejarme espacio. Le imité en cuanto los primeros peldaños quedaron libres,quedando de espaldas a él, algunos escalones más arriba.
–Si te atreves siquiera a mirar de reojo mi bonito trasero, te quedarás sin bolas, ¿entendido?
No respondió, pero pude oír su risita apagada entre toda la negrura.
Finalmente, coloqué el pie en el último peldaño de la escalera y Ancel me guio por lo que parecía un pasadizo.
De pronto, unas antorchas se encendieron, haciéndome casi brincar hacia atrás del susto.
–Magia –susurró Ancel–. Me pregunto quién la estará utilizando.
Seguimos avanzando por el corredor, que se parecía a los típicos pasadizos medievales que llevaban a las mazmorras.
Un portón de madera, cerrado a cal y canto por gruesas cadenas, emergió ante nosotros.
Ancel levantó la cabeza mientras se acercaba.
Tocó con el puño dos veces, y después de una pausa, otra más.
Las cadenas se soltaron y cayeron al suelo con gran estrépito. Las puertas se abrieron, produciendo sonidos que hicieron que me tuviera que tapar los oídos.
Ancel me agarró del brazo y me condujo por entre las puertas.
Entramos en una sala circular, con varios pisos que se abrían en balcones cerrados por columnas de piedra y que daban a la estancia en la que estábamos.
–No tardarán en aparecer –susurró Ancel a mi lado.
–¿Por qué odias a Nergal? –inquirí, ignorando las palabras de Ancel y reprimiendo mi curiosidad.
Él rio amargamente.
–Es como un niño creído y malcriado. Ya lo verás cuando lo conozcas.
–¿Y él no te odia a ti?
Ancel me miró con el ceño fruncido.
–La verdad, no lo sé –dijo, tras un rato pensando–. ¿Por qué, acaso soy odiable?
–Bueno, ¿no eres el típico chico malo y arrogante?
Él rio y se acercó a mí. Yo retrocedí por instinto, hasta que mi espalda tocó la pared. Ancel puso los brazos a ambos lados de mi cabeza, sonriendo ácidamente.
–¿Lo soy? –inquirió.
No respondí. Tan solo me limité a fijar mi vista en sus ojos ambarinos, que tan poco parecidos eran a los míos grises.
–Soy peligroso, pero no malo. Yo cumplo las normas –ladeó la cabeza–. Bueno, en realidad, camino sobre una línea que se encuentra entre los que las cumplen y los que no. Es la línea del peligro, y más te vale no acercarte a ella si no sabes a lo que te enfrentas.
En ese momento, alguien carraspeó por detrás de Ancel. Él se volvió y se apartó, dejándome ver la estancia vacía.
Escruté la sala entera, sin ver ni rastro de nadie. Ancel miraba hacia los balcones, pero éstos también estaban vacíos.
–¿Se hallan todos los miembros del Consejo presentes? –dijo una voz grave y firme; sus palabras reverberaron por la estancia.
Un murmullo apagado recorrió la sala. Parecía estar formado por miles de voces, que juntas formaban una sola.
–¿Vienes aquí, joven Capitán, por justicia o por información? –inquirió de nuevo la voz grave.
–Por información, Anciano. Vengo en nombre de Sa…
–Lo sabemos, chico. ¿Quién te acompaña?
–Leyna Shellow –respondió Ancel, por primera vez a la defensiva.
–Un caso muy extraño, sí. Puedo captar su esencia desde aquí.
–No tenemos todo el día, Sabio.
–Oh, sí lo tienes, muchacho. Literalmente.
–Su adiestramiento debe comenzar.
–¿Y cómo vais a empezar sin instrucciones? –Casi pude percibir el tono divertido.
Ancel no contestó.
–Las normas son las normas. Y nosotros tenemos el deber y el poder de hacer que se cumplan.
Mi compañero masculló algo que no pude oír, pero me apostaría lo que fuese a que soltó una palabrota. O varias.
–Ese vocabulario, Zanetti –sonó desde algún punto por encima de nuestras cabezas.
Ancel se volvió de inmediato, clavando una mirada aterradora en las sombras. Le miré con el ceño fruncido.
–¿Zanetti? ¿Es tu apellido?
–Lo era –respondió él, tajante.
–Y lo sigue siendo, Capitán –intervino la voz grave.
–Eso no es de tu incumbencia, Sabio.
–Bueno, pero sí el llamártelo. Si no quieres usarlo, adelante, pero eso no quita el que yo vaya a hacerlo.
Ancel resopló.
–La información. Quiero salir de aquí ya.
Ningún Anciano dijo nada. En su lugar se oyó el leve sonido del papeleo.
–Aquí está –carraspeó–. Según el mandato por el Príncipe de las Tinieblas, el adiestramiento constará de dos partes: la cultural y la física. Numerosos condes y generales pasarán por el Averno para enseñar a Leyna Shellow las costumbres y secretos del Infierno y el Otro Lado. No se proporcionará información personal acerca de nadie, a no ser que el tutor precise el permiso del espíritu del que se hablará. Para la parte física te encargarás tú, Ancel. Tu obligación será convertir a la chica en la segunda mejor luchadora del Imperio, a no ser que te gane. Deberás enseñarla cada truco y cada movimiento en el arte de la pelea. Tanto con espada como con cualquier arma.
Ancel permaneció con la vista fija en un punto lejano, pensativo.
–Será evaluada cada domingo, teniendo así que luchar contra ti, hasta que Su Majestad considere que está suficientemente preparada, cuando se la enviará a misiones de reconocimiento para poner a prueba sus habilidades –hizo una pausa–. Tendréis dos horas libres diarias para recorrer el Infierno, sin tener ninguna autorización vigente para abandonarlo.
–Pero, ¿y mi trabajo? –preguntó Ancel, refiriéndose a su labor como la Muerte.
–Ah, sí. Las Parcas se encargarán de ello.
Ancel se dio la vuelta dispuesto a salir de allí como más rápido se pudiese, pero la voz del Sabio le detuvo.
–Hay algo más para ti, joven.
–¿Más? Creía que…
–No me interrumpas –el tono ahora era autoritario–. Si Leyna consigue colocarse un puesto por debajo de ti en la Legión Infernal, quedarás libre de tu maldición.


–¿Puede hacer eso? –inquirí, todavía atónita.
–¡Claro que puede! Él mismo me la impuso.
–¿Y es por eso que no te gusta hablar de tu pasado? –Mala pregunta. Mal momento.
–Hay muchas cosas que no me gustan de mi pasado –respondió, con un tono de voz abatido.
–No veo por qué. Sinceramente, creo que ahora eres… no sé. Tienes todo lo que quieres ¿no?
–¿Y qué hago con la culpa, el pesar y el miedo que me atenaza desde hace mil años? ¿Qué pasa con todo eso? He tratado de ignorarlo, de llevarlo a lo más hondo de mi mente y esconderlo, pero siempre encuentra un modo de salir.
Se sentó en la cama y escondió la cabeza entre las manos.
–¿Pero qué pasa con lo que eres ahora? Mira, no sé qué es esa maldición ni el daño que te ha causado, pero sí sé quién eres ahora, y si borraras esas decisiones que tomaste entonces para tomar otras diferentes, no serías el que eres hoy. Y la persona que veo delante de mí no es cruel, ni mala, ni egoísta.
Entonces levantó la mirada y la fijó en mis ojos grises. La distancia que había entre nosotros se fue acortando conforme él avanzaba hacia mí con paso inseguro.
Podía ser la primera vez que le veía dudar.
Ya solo una mano de distancia nos separaba.
Sus ojos seguían fijos en los míos, sosteniéndome la mirada mientras su mano se deslizaba por mi nuca, acercándome a él.
Poco a poco, nuestras bocas fueron arrimándose, hasta que sus labios rozaron los míos.
Suavemente, su boca presionaba la mía, y fue adquiriendo fuerza por momentos.
Coloqué mi mano sobre su suave cabello, alborotando los pequeños pelos de la nuca.
Ancel respiraba fuertemente contra mis labios, probablemente algo que nunca le vería hacer.
En ese momento, un ruido sordo se escuchó a mi izquierda, pero no le presté demasiada atención hasta que una voz aguda dijo:
–Vaya, vaya, Ancel. Menuda sorpresa.

lunes, 7 de abril de 2014

Capítulo 11.

Siento no haber subido antes, he tenido un fin de semana muy ocupado, y hoy tenía que estudiar, pero por fin he conseguido subirlo. Bueno, y... ¿qué os parece Satanás? :3 Comentarios, por favor. Carol, no me mates D:

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Capítulo 11.
Otra vez su presencia me arropaba, me susurraba y me reconfortaba. Me giré, encarando al ángel que me había protegido desde la muerte de mi padre y que ahora, por fin tenía nombre.
Seguía con el brillo oscuro de la última vez, pero ahora le quedaba bien, era familiar y no resultaba extraño.
–¿Estás seguro de que es ella? –Preguntó una voz.
–¿Y qué otro Purgador podría desmayarse, sino ella? –Contestó el ángel.

Fue la voz de Ancel la que consiguió finalmente despertarme. No obstante, no abrí los ojos en el momento, tratando de escuchar alguna respuesta.
Pero no hubo ninguna.
Por fin, mis párpados se abrieron. Una luz cegadora me embargó, sumiéndome en un estado de desconcierto absoluto, hasta que mi vista se acostumbró a la luz.
Me encontraba en una habitación, tumbada en una cama de la época medieval con dosel. Ancel estaba sentado en ella, justamente en la esquina.
Las paredes, tapizadas con colores anaranjados y marrones, conjuntaban perfectamente con la colcha con la que estaba tapada.
Ancel giró la cabeza en cuanto advirtió movimiento, y, por primera vez, me fijé en la otra figura que se hallaba en el cuarto.
Era un hombre alto, de cabello oscuro y profunda mirada, que me escrutó la cara impasible.
–Alucinante –murmuró–. Bájala en cuanto esté preparada. Satanás está deseando conocerla.
Y luego abandonó la sala.
Su esencia se quedó presente en la sala durante unos segundos, en los cuales ninguno de los dos habló. Cuando por fin se hubo evaporizado, Ancel se levantó.
Llevaba una camisa blanca, con el primer botón sin desabrochar, y unos tejanos negros que le quedaban –digámoslo– muy bien.
–Es capaz de escucharnos si todavía hay partículas de su esencia en la habitación –explicó.
–¿Qué ha pasado? –Pregunté tras un asentimiento de cabeza.
–Te desmayaste. Algo hasta ahora inimaginable, por cierto –esbozó una sonrisa irónica–. Todo el mundo habla de ti ahora: aquí las noticias corren como la pólvora. Pero ahora vamos a tratar un tema muy importante.
Asentí, incorporándome contra el cabezal de la cama.
–¿Recuerdas por qué te desmayaste?
Cerré los ojos, tratando de rememorar lo que había pasado horas antes. O días. O lo que fuera.
Los retazos de una pelea y de mi habilidad, me vinieron a la mente. Poco a poco, fui construyendo la escena, hasta que estuvo presente en mi cabeza, junto al dolor que hacía que me palpitara la sien.
–Hubo una pelea –dije, vagamente–. Y yo tenía una habilidad.
Noté que la cama se hundía bajo el peso de Ancel.
–La utilizaste –sonrió con afecto–. Lamentablemente, no tenías ni idea  de cómo hacerlo.
Puse los ojos en blanco.
–Por eso te desmayaste. Usaste demasiado de tu poder. De un poder que a lo mejor se acababa de formar en tu interior.
–Está bien. Lo he pillado.
–Pero nos salvó de un posible robo muy, muy preciado –lanzó una mirada a un baúl, junto al que reposaba Musitel.
–De todas maneras, ¿dónde estoy?
–En el Averno.  
–¿En tu casa?
–Y en la de Satanás –respondió él, enarcando una ceja.
–¿Y quién era ese? –Pregunté, mirando hacia la puerta que minutos atrás se había cerrado tras el tipo aquel.
–Marion. Es el espía de Lucifer, y hace las veces de consejero. Prácticamente, es su perrillo faldero –Ancel hablaba con despreocupación, casi con burla. Sin embargo, como casi siempre, era difícil –por no decir imposible– saber lo que se le pasaba por la cabeza.
–¿Como ahora?
–¿Qué? –Ancel me miró sin comprender, como si se hubiera despertado de una ensoñación en ese momento. Y así parecía.
–Has dicho que hace de consejero. ¿No estaba siéndolo ahora?
–No te entiendo.
–Normal. Seguro que tu cabeza está hueca.
–Literalmente –dijo, reprimiendo una sonrisa.
Le miré con el ceño fruncido, intentando encontrarle un sentido lógico a sus palabras, porque si no, sabía que había perdido. Otra vez.
Entonces comprendí.
–¿No se supone que en este plano somos materiales?
Él sonrió ampliamente.
–Vale, me rindo. Esta vez me has ganado.
–Te lo recordaré para el resto de tu eternidad.
–Si no me suicido antes.
Sacudí la cabeza, procurando no reír.
–Lo que decía, es que Marion ha dicho algo sobre que Lucifer quería verme.
–Ah, sí.
Se acercó a mí, mirando a todos lados.
–Ancel, ¿qué…?
Me tapó la boca con la mano, escrutando los rincones de la habitación. Luego pegó sus labios contra mi oreja, y susurró:
–Utiliza tu poder. Creo que tenemos espías.
A pesar de la sorpresa, asentí y rebusqué entre mi esencia, hasta dar con ese calor que me permitía percibir espíritus.
Miré a Ancel interrogante.
Él giró la cabeza hacia la pared que quedaba a nuestra derecha, y hacia allí dirigí mi poder.
Al principio no noté nada. Imágenes de vacío pasaban por mi cerebro. No obstante, conforme la pasaba hacia la esquina, la punta de una espada envainada salió a relucir. Seguí avanzando, midiendo la intensidad del poder para no desfallecer como antes, y vi una figura corpulenta, pero baja. La única arma que saltaba a la vista era la espada que colgaba del cinto, e iba solo.
Retiré la percepción y me volví hacia Ancel, que formuló una pregunta en silencio. Yo asentí en respuesta y señalé el lugar exacto donde estaba acuclillado el hombre.
–Bueno, es mejor que salga para que te vistas. Lucifer no querrá esperar a verte –dijo Ancel, en voz lo suficientemente alta como para que se escuchase fuera.
Luego se levantó y se acercó a la puerta. Hasta yo pude captar los pasos apresurados del hombre huyendo. Ancel sonrió y colocó la mano sobre el pomo de la puerta, pero antes de abrirla, se giró y me miró.
–No pienses en la habilidad. No la menciones. Ya tienen suficientes ojos puestos en ti –y desapareció tras la puerta, dejando la sombra de su sonrisa irónica tras de sí.

Cuando ya estuve cambiada, con una blusa blanca y unos vaqueros azules, me encaminé al pasillo.
El suelo estaba cubierto con una alfombra de color carmesí, y las paredes estaban perfectamente tapizadas del mismo color que las del cuarto. Numerosos jarrones reposaban sobre pedestales que se asemejaban al mármol. Encima de éstos, los cuadros de diferentes épocas y estilos adornaban todo el corredor.
A mi derecha, el pasillo terminaba, por lo que tomé el camino de la izquierda. Diferentes puertas de madera estaban colocadas alternamente en el corredor, que estaba vacío.
Me pregunté dónde estaría Ancel.
No me había dado ninguna dirección, ni sabía dónde había ido. Vi al final unas escaleras, que bajaban torcidas a un piso inferior.
Noté la falta de ventanas. Resultaba extraño tener una completa luz, sin lámparas en el techo o ventanales abiertos de par en par.
El aire también corría fresco, lo que me hizo recordar que ningún ser vivo podría captarme a mí o a la edificación.
Y eso producía sentimientos contradictorios.
Bajé los escalones de dos en dos, procurando no hacer ruido. Toda la quietud me abrumaba, y me hacía sentir que, si la rompía, todo el mundo se vendría abajo.
En el primer piso me encontré un salón con varias puertas, una de ellas la de salida. Tres figuras discutían en el centro.
Reconocí a Ancel, a Marion y al hombre que nos había estado espiando. Algo me decía que Ancel ya lo había descubierto.
Mi compañero alzó la cabeza en cuanto reconoció mi esencia. Sus ojos ambarinos relucieron y se posaron en los míos.
Aun después de todo este tiempo, todavía intimidaban.
Los otros dos hombres se unieron también, y pude ver que el espía tenía una barba canosa, bien recortada, y un pelo corto que seguía su camino.
Marion masculló algo por lo bajini. Luego se despidió cortésmente y abandonó el salón por una de las puertas.
Casi pude sentir la alegría de Ancel.
Me apresuré a llegar adonde estaban los dos restantes antes de que mi compañero le rebanara el pescuezo al otro hombre.
–Leyna, este es Angul –Ancel sonrió ácidamente–. Por lo visto, es un experto en la escucha de conversaciones que no le incumben.
Era difícil decir quién se quedó más petrificado por la sorpresa, si Angul o yo. Entonces, Ancel, aprovechando el desconcierto del hombre, se abalanzó sobre él, espada en mano.
Lo puso contra la pared, con el filo de Musitel rozando su cuello. Ni siquiera me había dado cuenta de que había cogido la espada.
El hombre forcejeó en vano, tratando de coger el hacha que llevaba en el costado, que yo en un inicio había confundido con una espada.
–Sé que no vienes por orden de Lucifer, y menos por la de tu General, que soy yo, así que, si te ha mandado otro o lo has hecho por cuenta propia, obedece a tu Jefe y no vuelvas a espiarnos más, ¿queda claro?
Angul asintió, con el miedo escrito en su mirada. Sin duda, Ancel se había ganado mucho respeto.
Ancel frunció los labios y se apartó de él bruscamente. En una fracción de segundo, Musitel volvía a estar perfectamente enfundada.
–Retírate antes de que cambie de opinión y decida matarte. Tampoco eres muy importante –su voz sonaba gélida.
Angul puso pies en polvorosa y desapareció por el mismo lugar por donde se había marchado Marion.
–Y es por eso que te coloqué como General –su voz reverberó por la sala entera, rebotó en cada rincón y se coló en mis oídos, donde toda mi esencia se sacudió de miedo y respeto.
Tanto Ancel como yo nos volvimos al unísono, para encarar la presencia más intimidante y grande que pudiera existir.
Aunque estaba reprimida en el cuerpo de un hombre alto y delgado, de pelo negro y profundos ojos oscuros.
No obstante, denotaba poder.
Se acercó a nosotros con paso firme, mientras yo me veía incapaz de establecer contacto visual. Ancel dio un paso al frente, colocándose a mi lado, e hincó la rodilla en la alfombra.
Yo le imité, bajando la mirada.
–Oh, por favor. Ahorraos eso. Soy yo quien debería inclinarme ante vosotros, jóvenes –dijo Satanás, con un tono que parecía divertido–. Miraos. Los dos espíritus más conocidos del Inframundo. Buen trabajo, Ancel.
–Señor –murmuró mi compañero.
–Pasemos a una sala más privada.
Lucifer nos condujo a través de un arco, que daba a un salón más pequeño con dos puertas al final. Cruzamos la de la derecha, para pasar a una dependencia mucho más privada, con la chimenea encendida y unos suaves sillones de terciopelo.
Lucifer se sentó en uno de ellos, invitándonos a sentarnos también.
–No se me ha pasado por alto que habéis tardado más de la cuenta –dijo, mirándonos alternamente–. No obstante, os lo perdono.
Casi pude notar a Ancel resoplando de alivio.
–Dime, Leyna Shellow, ¿qué te ha parecido el Infierno?
Miré hacia el suelo durante un rato, sin encontrar mi voz. Cuando lo hice, ésta era apenas un susurro.
–Yo… este… –conseguí farfullar.
–Oh, Ancel, no la habrás metido miedo.
Ancel rio por lo bajo.
–Usted realmente impone, Señor.
–Déjate de cortesías –se volvió hacia mí de nuevo–. Suéltate, joven. Si no has hecho algo que merezca mi enfado no tienes por qué temerme.
Ancel volvió a soltar una risa nerviosa.
–Yo… este… no es como me lo imaginaba.
–¡Fantástico! –exclamó Lucifer. No conseguí comprender el porqué de su reacción hasta que añadió–: Los humanos sois todos iguales. Igual de estúpidos, igual de egoístas, igual de débiles. Menos mal que he traído a los mejores para instruirte.
Ancel y yo cruzamos una mirada.
–¿Instruirla, Señor?
–Pues claro que sí. Debe de estar perfectamente preparada. No querrás que la mande a batallar sin estar debidamente educada.
–¿A batallar? –Pregunté yo, esta vez.
–Oh, sí. Eres muy importante, Leyna, y yo quiero a los mejores Purgadores en mis filas.

miércoles, 2 de abril de 2014

Capítulo 10.

¡Buenas! ¿Qué tal? :3 Hoy traigo este capítulo, con una sorpresa, acción y secretos desvelados ^-^ Espero que os guste y no resulte aburrido. Ya sabéis que cualquier cosa que no cuadre, me la podéis decir, porque ese son el tipo de cosas que yo, como escritora, no puedo ver. Así que, por favor, comentarios. Decidme qué os ha parecido, quién es vuestro personaje favorito y por qué, qué esperáis que ocurra. Lo que sea, pero dadme opiniones, por favor.
Gracias =)

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Capítulo 10.
–Bienvenida al Infierno –susurró Ancel.
Me di cuenta entonces de que estaba inclinada hacia delante, con las manos apoyadas en las rodillas y la vista fija en el suelo.
Al levantar la cabeza, el reino de Satanás se abrió ante mí en todo su esplendor.
“No es como pensaba”, fue mi primer pensamiento.
Lo cierto es que no sabía qué esperar del inframundo. Supongo que fuego, demonios y oscuridad. Sin embargo, en su lugar encontré toda una ciudad, perfectamente construida en lo que parecía la eternidad misma.
Era la perfecta definición gráfica de “estar en el cielo”. No había paisaje, ni árboles, ni ninguna presencia a excepción de espíritus humanos y el semental de Ancel. Simplemente, la ciudad estaba construida sobre una base de luz blanca.
No había asfalto ni adoquines, pero tampoco coches ni ningún medio de transporte parecido. Había diferentes chalets a lo largo de la “calzada”, que parecían albergar incluso familias.
–El procedimiento aquí es un poco más complejo que en el Cielo –explicó Ancel–. Como ya te he dicho, los que poblamos el Infierno somos diferentes de una manera un poco extraña y que te costará entender, pero, de todas formas, el caso es que nosotros sentimos, y ellos no. Nosotros recordamos.
–¿Recordar en qué sentido? –Me imaginé a mi padre sin reconocerme, sin saber siquiera mi nombre.
–No tienen constancia de lo que pasó en la vida que tuvieron.
¡BAM! Ahí estaba. Si conseguía ver a mi padre, no tendría ni idea de quién era.
Asentí levemente, con la cabeza baja.
–Como nosotros sentimos, algo que ya has podido comprobar, y recordamos, algo que también, nos gusta vivir en un ambiente familiar. Los que murieron jóvenes se suelen ir a casa de alguna pareja que quiera tener a su cargo algún niño, como si fuera su hijo. No podemos tener descendencia, porque las leyes de la naturaleza no lo permiten, pero algunos son capaces de modificar la existencia que permanece en el limbo y construir estos magníficos chalets –la verdad, no me quedé con la mitad, pero dejé que Ancel siguiera hablando–. Por supuesto, hay mucho más que contar, pero no vas a poder ingerirlo todo, y, como sé que no has pillado casi nada, te voy a dejar pensar. Pero no demasiado fuerte, por favor.
–Pues lo único que no entiendo, son dos cosas. La primera, ¿qué quieres decir con “algunos son capaces de modificar la energía”?
–Lo que tú acabas de decir. Eso es lo que significa.
–No. Me refiero, ¿qué significa “algunos”? ¿Por qué no todos? ¿Hay que tener entrenamiento o algo?
Ancel sonrió abiertamente.
–Vaya. Probablemente seas una de las pocas que saben hacer las preguntas como se deben.
–Sí, genial, bonito halago, pero contesta.
–Se Asciende con la habilidad. A lo mejor el espíritu ya la llevaba, o a lo mejor la vida que tuvo con un cuerpo humano y corpóreo, se la dio. Quiero decir, si ese humano en cuestión trabaja desde los cuatro años con una espada, es muy probable que el espíritu al Ascender tenga mucho manejo con el arma.
–Y ese es tu caso –adiviné–. De todas maneras, me he dado cuenta de que hablas de los espíritus como si fueran totalmente ajenos al cuerpo humano. Como si fueran dos cosas completamente diferentes.
–Ese es otro tema un poco más complicado –Ancel se pasó la mano por la nuca, haciendo una mueca.
–Bonita indirecta. Vámonos.
Él sonrió y echó a andar por detrás de mí. Nuestros pasos emitían un suave sonido, un ritmo leve que se desvanecía entre la blancura del aire.
–Como sabes, mucha gente pensaba y piensa, gracias al escritor Dante, que el Infierno consta de nueve círculos. Nadie sabe por qué, ni cómo, pero llevaba razón.
Intenté recordar quién era Dante, sabiendo que lo estudié cuando estaba en la ESO, hasta que por fin me vino a la mente: escribió la Divina Comedia.
–Entonces, ¿podemos suponer que un espíritu se lo dijo o algo así? –dije con sorna.
–No te mofes. No es gracioso. De hecho, nos pone en peligro.  
–Sí, vale. Sigue hablando.
–Nadie sabe qué paso, o si fue coincidencia, pero el caso es que acertó. El Infierno, tal y como lo ves ahora ante tus ojos, está dividido en nueve avenidas. Al final del todo, se encuentran las puertas del Averno, tras las que se halla Satanás. Hay muchas habladurías y teorías acerca de este lugar, pero la de los romanos es la más acertada. Para ellos el Averno era la entrada al Infierno, aquí son la entrada al palacio de Satanás.
–Interesante. ¿Has estado alguna vez en el Averno?
Ancel rio levemente.
–Leyna, soy el General del ejército y mano derecha de Satanás. Segundo más poderoso en todo este Imperio. ¿Crees que nunca he estado en el Averno? Vivo allí.
Arqueé las cejas. La verdad era que se había estado pavoneando sobre su puesto una gran cantidad de tiempo y que había sido un error por mi parte preguntar eso, pero aun así pensé en ponerme a la defensiva.
No obstante, me detuvo algo que dijo, y que, al parecer, para mi cerebro era más importante que el orgullo.
–¿Vivir? Tenía entendido que no teníamos necesidades físicas.
–Y no las tenemos. Pero ya te he dicho que nosotros recordamos, y que la mayoría preferimos tener un hogar, una cama, una cocina, y demás cosas que nunca utilizamos pero que mantienen vivos los recuerdos de la vida que perdimos.
–Creía que no te gustaba rememorar tu pasado.
–Y no me gusta. Pero yo te hablo de mi vida, no de mi pasado –y echó a andar, dando por finalizada la conversación.

Nos hallábamos ya en la Quinta Avenida, faltándonos cuatro para llegar al final del Infierno.
Nos habíamos cruzado con muchos transeúntes, quienes se habían parado a mirar –siempre a una distancia prudencial–, con una mezcla de curiosidad y respeto.
Ninguno de los dos habíamos dicho nada en ningún momento. Simplemente, nos limitábamos a mirar al frente e ignorar los comentarios y observaciones que recibíamos.
Sin embargo, hubo uno que me llamó la atención.
Era un chico, de unos trece años más o menos, con una energía electrizante, mucho menor que la de Ancel o la mía propia, pero con algo que me atrajo.
Estaba mucha más viva que cualquier otra esencia, seguramente porque el chaval era joven, pero aun así me acerqué.
El chico me sostuvo la mirada sin pestañear, siempre muy erguido y seguro sobre sus talones. Ancel, a mi lado, no se detuvo siquiera a echarle un vistazo.
–¿Tú eres de la que todo el mundo habla? –inquirió el joven, haciendo, ahora sí, que Ancel parara su paso.
–No es de tu incumbencia, muchacho –contestó Ancel, tajante y autoritario.
–¿Cómo te llamas? –Pregunté yo, ignorando por completo a mi compañero.
–Adler –respondió el niño mientras se levantaba de la piedra en la que estaba sentado.
Me fijé en que la ropa que llevaba eran harapos. Lo que una vez había sido una camisa marrón, ahora colgaba de su hombro, rota y sucia. Los vaqueros también estaban desgastados y con varios parches que se estaban desprendiendo sobre las rodillas.
–Ancel –dijo el chico a modo de saludo, inclinando la cabeza con una sonrisa sarcástica.
–¿Qué quieres, chaval? –Ancel dio un paso peligroso hacia Adler–. Tenemos que hacer algo importante.
–No quiero nada –contestó el otro con cara de inocente.
Ancel me sorprendió por su dureza con el chico, quien parecía que no tenía ni un hogar, ni una ropa ni nada.
–¿Hay pobres en el Mundo de los Muertos también? –Pregunté al oído de Ancel.
–Pocos.
–¿Y por qué lo tratas así? Es obvio que él sí es pobre.
–Y también es obvio que acabas de llegar aquí –respondió tajante.
–Tengo algo para Leyna –intervino entonces Adler.
–Ni de coña –Ancel me agarró del brazo con fuerza para sacarme de allí. Sin embargo, me opuse con rotundidad.
–Quiero  verlo.
–Por aquí –Adler sonrió.
Se sacudió la ropa y echó a andar en dirección contraria hacia la que nos dirigíamos. Oía a Ancel soltando palabrotas por lo bajo, pero no le hice caso. Pasamos dos, tres edificios, hasta llegar a una esquina, que se abría hacia la izquierda por un callejón.
Era probablemente el único sitio que no era blanco. Se veía bien en él, pero era como si un velo oscuro lo protegiera de toda la pureza del aire.
Observé bien a Adler, quien mostraba una sonrisa en el rostro que aún no conseguía ubicar. Ancel iba mirando a ambos lados, atento. Estuve a punto de regañarle, porque no sabía de dónde venía tanta terquedad.
Vale que podríamos arriesgarnos a llegar tarde y enfadar a Lucifer. O a lo mejor castigaban a mi compañero de alguna horrenda manera que le hiciera retorcerse de puro sufrimiento durante no sé cuánto tiempo.
En seguida me arrepentí de no haberle hecho caso.
Era obvio que estaba nervioso. Lo podía ver en sus facciones, habitualmente gélidas e impasibles, pero también era palpable en el ambiente.
Adler siguió avanzando por el callejón, que parecía infinito, con paso seguro. Algunas veces me pareció ver un brillo malicioso en sus ojos azules, pero era tan fugaz que me pareció habérmelo imaginado.
–Te esperaremos aquí mientras tú coges lo que sea que le quieres dar, Adler –dijo Ancel de repente.
Adler se dio la vuelta con fingida sorpresa y reprimiendo una sonrisa.
–¿Te da miedo estar aquí, mi General? –Una sonrisa peligrosa y sarcástica se formó en las comisuras de sus labios.
Ancel dio un paso, con la mano sobre la nuca. Me hizo falta mirar un rato para reconocer lo que en realidad hacía: tener la mano lo más cerca posible de la empuñadura de Musitel. Era una amenaza explícita.
–Sabes que nunca me has caído bien, Adler. Por varias razones. Pero, te puedo asegurar dos cosas: la primera, que si esto es una trampa, lo pagarás bien caro. Y la segunda, que si ella sufre daños, no te hará ninguna falta pagarlo, porque estarás pudriéndote en el limbo, vagando sin cesar en tu memoria –aunque habló con calma, el enfado iba impreso en cada una de sus palabras.
–Tarde –susurró Adler, con una leve risita.
En ese momento, alguien embistió por detrás a Ancel, quien dio un traspiés en mi dirección y me empujó hacia una pared de bruces. Apoyé ambas manos en lo que parecía ladrillo, y, cuando me disponía a darme la vuelta, mi visión quedó tapada.
Pude notar las manos de un desconocido sobre mis ojos, pero eso no impidió que pudiera captar su esencia. Al no disponer de mi sentido de la vista, mis otros órganos se dispararon, haciendo mi oído muchísimo más agudo que antes. Noté el miedo subiendo por mi estómago, pero un sexto sentido se disparó de repente, dándome la primera noticia de su presencia.
No obstante, reprimí el miedo y dejé que mi capacidad saliera a relucir. No tenía ni idea de qué era, pero sabía que me ayudaría.
Al principio sentí un calor repentino junto a mi costado. Los párpados también me empezaron a escocer, y así con todos los puntos en los que mi cuerpo y el de mi agresor entraban en contacto.
Procuré expandir mi habilidad más, sin adivinar todavía su funcionamiento, y, por fin, lo capté.
Podía percibir las esencias con mucha más claridad que los demás incluso con los ojos cerrados. Aparecían nítidas en mi mente, imágenes perfectas de las presencias que me rodeaban
Me concentré en el espíritu que tenía detrás y pude distinguir a un hombre alto y desgarbado, sin demasiada musculatura.
Sin duda pensaron que iba a poder fácilmente conmigo.
No portaba ningún arma –lo que significaba que también pensaban que yo iba a ser una pija de cuidado–, pero un cinturón de armas le cruzaba el pecho.
No me pregunté por qué lo llevaba vacío, ya que supuse que se las había entregado a su o sus compañeros para luchar contra Ancel.
Oía perfectamente los sonidos de la batalla: el ruido de los filos de espadas entrechocadas, algún grito ahogado que emitía Adler e incluso juramentos que soltaba Ancel.
Volví a expandir mi habilidad hacia delante, hacia donde provenían los ruidos.
Pude captar la presencia de Ancel, quien se movía raudo y veloz, enarbolando a Musitel con destreza. Adler peleaba también con una espada corta, salvo que sus movimientos eran mucho más torpes y normalmente daba traspiés.
Y luego había otra figura, que parecía ser una chica. Llevaba el pelo recogido en una coleta y procuraba hacer perder el pie a Ancel.
“Tramposa”, pensé.
Y eso, de alguna extraña manera, me hizo enfurecer.
Levanté el pie fijando de nuevo mi habilidad en el chico que me sujetaba, intentando que no se avispara de mi movimiento.
Luego tiré de mi pierna hacia atrás, clavando el talón en la entrepierna de mi agresor, quien cayó al suelo de rodillas entre gemidos de dolor.
Ni Adler ni la chica se enteraron de que estaba libre. Ancel, sin embargo, que estaba en frente de mí, sonrió y miró hacia mi derecha significativamente antes de volver a esquivar el nuevo golpe de Adler con agilidad.
Le escruté el rostro, sin entender su mirada, pero él seguía absorto en la pelea. Dirigí mis ojos hacia el lugar que habían señalado los suyos y descubrí una pequeña ballesta.
Pesaba bastante, por lo que me arrodillé y la apoyé en mi muslo. Luego examiné los alrededores en busca de una flecha o algo parecido que pudiera usar como munición.
Vi una punta sobresaliendo del cinturón de armas del chico, que al parecer no estaba tan vacío.
Me acerqué a él con cuidado, y, utilizando una piedra que había encontrado en mi camino, le golpeé con fuerza la cabeza para asegurarme de que no tuviera la suficiente capacidad de lucha como para arremeter contra Ancel.
Luego saqué la flecha del cinturón y la coloqué con cuidado en la ballesta. Después, recé y disparé.
La punta se clavó en la pierna de la chica, quien dejó inmediatamente las cuerdas que pensaba lanzar a los pies de Ancel. Mi compañero la golpeó con la empuñadura en la sien y la chica cayó al suelo.
En dos movimientos rápidos, la corta espada de Adler estaba en el suelo, a un par de metros de ambos, y la punta de Musitel se encontraba pegada al cuello del chico.
–¿Estás bien? –Preguntó Ancel; sus ojos me observaron de arriba abajo, ansiosos.
Asentí, tragando saliva y siendo consciente por primera vez de la adrenalina de la batalla.
–Has tenido suerte, capullo. Te dije que lo pagarías caro si era una trampa, y menos mal que ella está bien. Pero sabes que no tengo piedad, como no la tuve con tu hermano –Adler le escupió a la cara ante la mención de su hermano y Ancel aumentó la presión de su espada–. Por eso, tú y tus amigos estaréis un rato retorciéndoos de dolor aquí mismo.
Y dicho eso, le abrió un tajo con la espada en el pecho, formando una A. Adler apretó los dientes y cerró los ojos fuertemente.
–Sabes que esta espada causa más dolor. ¿Creías que me podías ganar en un combate? Porque es la solución más lógica que tengo para tu comportamiento, y, aun así, sigue sin ser coherente. Sabes que no estoy en mi puesto por casualidad, y aun así sucumbes al egocentrismo. A veces me dais asco.
Terminó con Adler, quien soltaba sollozos mientras se envolvía con los brazos.
–Vuestros nombres –dijo Ancel, señalando a los cómplices de Adler.
–Emil –respondió el chico entre dientes.
–Mallory –respondió ella.
Ancel asintió y procedió a hacerles la A en el pecho, de la misma manera que a Adler, solo que las suyas eran más pequeñas.
Luego me agarró del brazo y tiró de mí hasta sacarme del callejón.
–Te he visto con ese tío. Estabas haciendo algo. Tu esencia ha cambiado, él tenía incluso miedo. ¿Me puedes explicar qué ha pasado? –Su voz sonaba ansiosa.
Le miré embobada un rato. ¿Tan importante era? Parecía incluso preocupado.
Me obligué a reaccionar.
–No sé qué ha pasado. Noté un calor de repente en los puntos en los que me tocaba, y luego algo intentando salir de mí, y...
–¡¿Qué?! ¿Qué más? –Me apremió.
–Lo dejé salir. Y… pude percibir todas las esencias. Supe que Emil llevaba un cinturón. Sabía que había una chica. Sabía que Adler llevaba una espada corta.
–Tu habilidad –adivinó.
Yo asentí, y de repente las piernas me fallaron.
Sentí que los brazos de Ancel me rodeaban para evitar que cayese al suelo. Intenté abrir los ojos, a pesar de que fue en vano.
Luego, el mundo se fundió en negro.

viernes, 28 de marzo de 2014

Capítulo 9.

Hola^^ Aquí... bueno, sigue sin haber acción, lo que se llama acción, pero este capítulo es más diferente^^ Espero haberlo escrito de manera que nadie llegue a sentirse mal, por algo que le ha pasado recientemente o algo, así que, si no lo he conseguido, pido perdón por adelantado. Segundo, no me matéis cuando lleguéis al final :3 Comentarios por favor. 

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Capítulo 9.
–¿Qué has dicho?
–Lo has oído bien.
–¿El espíritu más deseado del Otro Lado? Estás de broma.
–En absoluto. Comprobarías que tengo razón si vienes conmigo.
Puse los ojos en blanco.
¿Qué otra cosa podía hacer? Tal vez podría intentar atrasarlo, o sacarle más información acerca de Lucifer y el Infierno. ¿Sería como en los cuentos? ¿Todo fuego, maldad y oscuridad? De algún modo, sabía que no.
–Quiero poner una condición –anuncié.
Ancel se giró y abrió mucho los ojos.
–¿Otra? –Inquirió, con tono de burla y llevándose un puñetazo de mi parte en el hombro, que fue más flojo de lo que había previsto.
–Sí –respondí con aplomo.
–Dispara –de nuevo, una sonrisa torcida se había apoderado de su rostro.
–Quiero ver a mi familia.

Respiré hondo por septuagésima vez, intentando en vano que Ancel no me viera.
–Me estás poniendo nervioso.
–No lo puedo evitar. Me tranquiliza.
–No, no lo hace. Lo único que hace es fastidiarme –protestó.
Me volví hacia él.
–En serio, Ancel, dos cositas de nada. ¿Cómo es posible que seas el General del ejército siendo tan quejica? Y la otra ¿por qué tuve que estar atada a un tío tan pesado?
–Porque no me has visto a la hora de luchar. Y mejor no te lamentes demasiado, recuerda que yo también estoy atado a ti –añadió, con una sonrisa de las suyas.
Me di la vuelta de nuevo, mirando el camino que tan bien conocía. La grava del camino de entrada, enemiga acérrima de mis rodillas cuando era pequeña; los pequeños tulipanes de colores en el jardín; la inmaculada pintura blanca del porche.
Me detuve ante la puerta y apoyé el puño cerrado contra el marco, intentando controlar mis emociones.
Noté una suave presión en el hombro, y, al volverme, descubrí a Ancel con la sonrisa más adorable que había visto en mi vida.
Me pareció increíble que tuviera tantas facetas. Yo solo conocía tres –la simpática, la sarcástica y la intimidadora–, pero me apostaba lo que fuera a que me faltaban muchas más por descubrir.
–¿Te arrepientes? –Preguntó.
Rememoré el momento de mi muerte, y después a mi sucio hermano y mi querida madre. Ni siquiera les había dedicado un solo pensamiento, y se lo debía.
–No –dije con aplomo.
–Así me gusta –sonrió Ancel.
–¿Podemos atravesarla o la tenemos que abrir? –Inquirí, señalando a la puerta.
Ancel hizo un mohín.
–Espera aquí y no te muevas.
La última vez que me había dicho eso había matado a un hombre.
–Ni de coña.
Él me miró sin entender hasta que final cayó en la cuenta.
–¿Crees que me voy a cargar a tu familia? –Profirió una sonora carcajada que sonaba sincera.
–No tienes ninguna razón para no hacerlo, pero tienes al menos una para matarlos.
–¿Ah, sí? ¿Cuál?
–Pues, por ejemplo, yo no voy a ir contigo hasta que les vea, así que si te los cargas, no tendré que más remedio que ir contigo.
Ancel se acercó.
–¿Y no has deseado ni por un momento que la palmen para acompañarte?
–No –y era la verdad.
–Eres muy rara –declaró Ancel, apartándose–. Pero, de todas formas, ¿qué te hace pensar que los voy a matar?
–No lo sé. Das mucho miedo, por si no te has dado cuenta.
Él se miró entero, frunciendo el ceño.
–Llevo una sudadera negra, unos vaqueros y unas zapatillas normales. Dejando de lado mi altura y mi masculinidad, ¿qué te hace pensar que los voy a matar?
–Oh, está bien. En cualquier caso, ¿cómo podría saber si tienes que matar a alguien, si no me cuentas nada?
Ancel puso los ojos en blanco mientras se apoyaba contra el marco de la puerta, quedando muy cerca de mí.
–No te puedo contar gran cosa, pero si tengo que matar a alguien, me da un jamacuco, mi energía cambia y mis ojos se vuelven azules.
–Recibido.
–Y ahora, espérame aquí y no te muevas. No hagas nada si ves a algún vecino o familiar, ¿está claro?
–Cristalino –dije, poniendo la sonrisa más inocente que pude.
Ancel me miró de reojo y bajó las escaleras del porche para rodear la casa por el jardín. Le seguí con la mirada hasta perderle de vista, y entonces me senté en el primer escalón, apoyando mi codo en el muslo y la cabeza en la mano.
¿Quería realmente ver a mi familia? Le había dado muchas vueltas al tema durante el trayecto, pero no había sacado ninguna conclusión.
Mi cabeza tenía sentimientos encontrados.
Ni siquiera sabía cuál era el mayor. Ambos tenían el mismo peso, y eso no lo hacía fácil. Sin embargo, ya había tomado mi decisión.
Por mi madre y mi pesado pero querido hermano.
Un ruido que provenía del jardín me sobresaltó, haciéndome ponerme en pie. Escruté la parte trasera de la casa, sin moverme de mi sitio tal y como Ancel me había dicho.
Pero, ¿por qué le hacía caso? Podría echarle fácilmente la culpa si algo pasaba. Era él quien no me quería contar lo que pasaba.
Bajé el primer escalón indecisa, y me quedé allí parada, imaginando toda la clase de cosas que podrían suceder si abandonaba mi puesto.
El problema era que no tenía absoluta idea de a qué cosas me enfrentaba. Ni siquiera sabía si tenían que ver con el Mundo de los Muertos.
Suspiré y bajé los dos escalones restantes, deteniéndome al pie de la escalera. Agudicé el oído, tratando de escuchar un ruido de nuevo.
Lo había oído claramente, lo que significaba que lo que fuera que había producido el sonido estaba bien muerto.
Y entonces me entró la duda sobre si Ancel estaba en peligro. Algo me decía que el ruido tenía que ver con él, pero, ¿hasta qué punto?
Decidí moverme. Si estaba en peligro, ya me lo agradecería. Y si no… bueno, soy Leyna Shellow. No me voy a quedar sentada.
El silencio que reinaba me pareció de repente muy abrumador, y el recuerdo de las películas de miedo que pude ver cuando estaba viva –no fueron muchas, era una cagada– me atenazaba la garganta.
Me imaginé al psicópata suicida agarrando a Ancel por la garganta en el patio trasero de mi casa –porque, seamos realistas, ¿Ancel tropezándose? ¿Y luego que van? ¿Ranas con pelo?
Sabía que probablemente no podía cargárselo, pero yo había sentido el dolor, y no era agradable. Porque cuando estás vivo el dolor lo sientes realmente en el cerebro, e incluso puede remitirse con juegos mentales. Pero aquí… esto era dolor de verdad. Un pinchazo que recorría los recovecos más hondos de tu alma. Como decía, no era agradable.
Avancé durante todo el largo de la casa andando en silencio, procurando no hacer nada de ruido –y tropezándome hasta con el aire– y mirando hacia atrás constantemente.
Justo en el momento en el que torcí la esquina, un cuerpo muy alto se abalanzó sobre mí, haciéndome brincar hacia atrás.
Algo me decía que de haber tenido un corazón, se habría parado sin dudarlo.
Tropecé con una de las herramientas que usaba mi hermano –o que era obligado a usar por mi madre– para limpiar el jardín.
Vi una sombra en el suelo a mi lado, profiriendo sonidos y revolcándose en el césped.
Ancel. Riéndose.
–¿Tan gracioso ha sido? –Fruncí el ceño.
–¡Hacía siglos que no me reía así! –Exclamó.
–Literalmente –mascullé, levantándome.
Ancel se rio durante un buen rato más, restregándomelo por la cara, hasta que saqué el tema de su pasado.
En ese momento, se parecía a mí por las mañanas. Cuando odias a todo ser humano que ose dirigirte la palabra, para aclarar.
–¿Y bien? ¿Qué pasa con mi familia?
–Oh, sí. No están en casa.
–¿Qué? ¿Y dónde están?
Y de nuevo, sentimientos encontrados. Una mezcla de alivio y decepción se apoderó de mí, sin saber cuál imponía más.
–En tu funeral.

Me obligué a modular mis respiraciones para que no me diera un ataque de nervios. ¿Mi funeral?
Ancel y yo nos encontrábamos en frente del tanatorio local, que estaba justo al lado del cementerio.
–Leyna, vamos a hacer una cosa. No vas a entrar hasta que estés calmada ¿vale? Nos jugamos mucho aquí.
Y por primera vez, supe lo mucho que estaba arriesgando por mi culpa. Él no tendría que estar aquí, acompañándome en mi funeral, sino postrado ante Lucifer, conmigo a su lado.
Sin embargo, estábamos aquí.
Le miré de reojo, un gesto apenas visible, pero que él sí pudo percibir. Me lanzó una sonrisa amigable que consiguió calmarme.
–Ya estoy lista.
–¿Estás segura? Tu energía vibra demasiado –hizo un mohín–. No tendrás familiares médiums, ¿verdad?
Negué con la cabeza, aunque evité preguntar por qué quería saber eso.
Mientras cruzábamos las puertas del tanatorio, pregunté a Ancel:
–¿Y cómo sabes que están aquí?
–Tu madre lo dejó apuntado en una nota. Estaba en la nevera.
–¿Has entrado a mi casa?
–Ajá. Por la puerta de atrás –dijo, anticipándose a mi pregunta.
–¿Y sabías que había una puerta trasera?
–Soy de los que hacen bien su trabajo.
Recordé el momento de mi muerte. Lo que había hecho antes, y caí en algo.
–La nota…
–La escribí yo –Ancel asintió–. Me materialicé y escribí la nota haciéndome pasar por el chico que te gustaba.
–No me gustaba.
–Lo que sea. El caso es, ¿no notaste que ese día no fue al instituto?
Y sí, lo noté. Como para no hacerlo. Prácticamente, Lía y yo nos pasábamos todos los tiempos libres acosándole.
–Y el del coche…
–También era yo –concedió.
Rememoré el momento, la última visión que tuve antes de que el coche conducido por el mismo chico que tenía al lado me arroyase.
Unos ojos azules. Azules eléctricos.
–Uf.
–Y esa es la razón por la cual no te respondo todas las preguntas. Es demasiada información, y muy fuerte. Es mejor que te la diga poco a poco –y añadió–: te espero fuera para darte intimidad.
Asentí mientras cruzaba la puerta que daba a mi capilla ardiente. En un ataúd de madera, reposaba mi cuerpo, cubierto de flores.
Mi familia estaba reunida en torno a él, con trajes negros y las caras rojas del llanto. O bueno, lo que quedaba de mi familia.
Tanto mi tío como su esposa habían perecido en el mundo de la bebida. Mi padre había muerto en la guerra de Irak, y mi madre tenía una sola hermana soltera que padecía una extraña enfermedad. Mis abuelos… bueno, ya los vería por aquí.
Pero el que más me rompió el corazón, a pesar de la sorpresa, fue mi hermano. Estaba sentado en una silla, con los hombros hundidos y la cabeza gacha. Lágrimas saladas caían al suelo bajo sus pies, empapando a veces su bonito traje negro.
Me dieron ganas de correr a abrazarlo, de consolarle. Ya tenía los quince cumplidos, pero eso no quitaba que no siguiera siendo mi hermano pequeño. Además, también había perdido a su padre.
–Ni se te ocurra –dijo Ancel, desde la puerta.
Observaba todo atentamente, con la misma expresión impasible, aunque pude atisbar un brillo de compasión en sus ojos. No obstante, fue tan ligero que creí que me lo había imaginado.
Resoplé y me acerqué al ataúd. Mi madre estaba asomada a él, acariciándome la cara con la mano y retirándome los pelos castaños de la frente.
Ambos párpados estaban bajados, y noté que habían cubierto bien la herida del costado con una blusa blanca y unos vaqueros.
No obstante, aún se notaban los moratones de la cara. Así no podré ligar.
En ese momento llegó el cura, y me pregunté por qué habían hecho el funeral en la misma capilla ardiente.
–¿Nos vamos a quedar toda la misa? –Inquirió Ancel desde la puerta.
Miré a mi madre y después a mi hermano, que seguía llorando en la silla, y supe que no iba a poder soportar sus palabras.
Cuando íbamos a salir, llegó una persona más, que reconocí en seguida.
Lía.
Entró corriendo, por lo que, de no ser por Ancel, casi me pasa por encima… O me atraviesa. Lo que sea.
Ancel me miró con la pregunta explícita en sus ojos.
–Tengo que ir –respondí solamente. No tenía tiempo para dar explicaciones y no podía marcharme sin despedirme de mi mejor amiga.
Él asintió y yo le imité, para darle a entender que se lo agradecía. Acto seguido me giré y corrí hacia el final de la sala, donde encontré a Lía abrazando a Mike, mi hermano.
Luego le dio un beso en la boca.
Los miré con los ojos como platos. ¿Habían empezado a salir ahora o antes de mi muerte?
Me acerqué más, agudizando el oído para poder captar algo de su conversación.
–No se lo pudimos… –decía él.
–Lo sé. No sé cómo habría reaccionado.
Luego mi hermano dijo algo más, que hizo que ambos soltaran una leve risita. En el fondo, me sentía feliz por ellos.
No podía culparlos al fin y al cabo. Si yo hubiese estado en el puesto de mi mejor amiga tampoco habría sabido decírselo, y ninguno tenía por qué saber que me iba a morir.
Les dediqué una sonrisa que no podían ver y me marché en pos de Ancel.
Desandamos el camino hasta el parque donde nos habíamos encontrado la primera vez. Para mi sorpresa, Ares estaba allí, echado en la hierba.
Otra cosa que también me sorprendió era que aun tumbado seguía siendo jodidamente más alto que yo.
–Es un frisón –informó Ancel–. Solo admite el color negro, y los caballos de esta raza son bastante grandes.
–Lo he podido notar –repliqué, mirando de reojo al semental que seguía con sus miradas venenosas hacia mi persona.
Ancel se acercó y le palmeó el cuello, para luego incitarlo a levantarse. El animal obedeció, levantándose imponente sobre sus cuatro patas, y Ancel me tendió la mano para ayudarme a subir.
–Qué caballeroso –ironicé.
–Espera a ver –esbozó una sonrisa traviesa que no me gustó un pelo.
–¿Vas a parlotear o a ayudarme a subir?
–Pon las manos a ambos lados de la silla –lo hice–. Y ahora, flexiona tu pierna izquierda.
Ancel me agarró la pierna.
–A la de tres, salta y pasa la derecha por encima, y ya estás arriba.
–¿Dónde encaja aquí tu sonrisa malvada?
–Ya lo verás –se acercó a mí, puesto que noté su aliento contra mi nuca–. Una, dos, tres.
Y salté, sintiendo la ayuda que Ancel me proporcionaba impulsándome hacia arriba desde la pierna… hasta que puso su mano sobre mi trasero.
Terminé de subir, y, cuando estuve acomodada sobre la montura, le lancé la peor mirada del mundo. Alzó las manos, reprimiendo la risa.
–Yo te avisé, y el que avisa no es traidor.
–No te tacho de traidor, pero el guantazo te lo llevarás.
Sonrió ácidamente y subió delante de mí.
–Vamos a cambiar de plano, así que agárrate fuerte –casi pude ver su sonrisa irónica, pero le creía, por lo que pasé mis manos alrededor de su cintura.
–Tengo una pregunta –dije antes de que partiéramos–. ¿Cómo es que ya es mi funeral? Apenas han pasado unas horas desde mi muerte.
–El tiempo es diferente aquí –respondió Ancel.
–Pero cuando hemos ido allí, actuaban con normalidad. Es decir, no iban más deprisa.
–Sí, bueno, me ha costado algo de trabajo.
No me dio tiempo a contestarle, porque agarró las riendas y clavó los talones en los flancos del semental, quien obedientemente partió al galope. Pero no era un galope corto.
El aire golpeando mi cara fuertemente me hizo cerrar los ojos, por lo que no me enteré mucho de la transición. Tan solo noté algo que me recorrió de arriba abajo, y luego nada.
Al abrir los ojos, una inmensa luz me envolvió. Y esa fue la primera vista que tuve del Infierno.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Capítulo 8.

Bueno, lo siento, sigue sin haber demasiada acción :S Pero no os preocupéis, que a partir del siguiente vais a alucinar^^ Y os digo lo mismo de siempre: he intentado meter pizcas de humor para hacer la lectura más amena, ya que no hay nada de peligro... ¿o sí? Comentarios por favor^^

Capítulo 8.
–¿Qué…? ¿Cómo…? –Traté de formular la pregunta correcta, la que me pudiera asegurar una respuesta fiable, pero no conseguí encontrarla. Aunque, tratándose de Ancel, tampoco obtendría una buena explicación.
–¿Crees en el destino? –Preguntó Ancel, sin hacer caso a mis balbuceos.
–No sé… sí pero no –me lanzó una mirada maliciosa.
–Luego dices que no soy claro.
Le saqué la lengua.
–Me lo estás pegando. Aléjate un metro de aquí, que no tardaré en empezar a hablar de lo buena que estoy.
Él reprimió una risa.
–Explícate –dijo después de un silencio.
–Quiero decir, no creo en que todo esté escrito, pero sí creo en que las cosas pasan por algo. O sea, a lo mejor mi muerte está relacionado con algo mucho más grande…
–No sabes lo bien encaminada que vas –murmuró, más para sí mismo que para mí.
No obstante, lo oí. Y, la verdad, no supe qué pensar acerca de ello, por lo que lo dejé pasar.
–Pero si tengo que hacer algo importante, pueden pasar varias cosas –arqueó las cejas, dándome a entender que se había perdido en el “pero” –. A ver, ¿no has visto…? –Me interrumpí–. Oh, claro. No sabes lo que es una película.
–Saberlo, lo sé. Pero nunca he visto una. Sí que he leído libros, sin embargo.
–¿En serio? ¿Sobre cómo conquistar territorios?
–Era soldado, pero no el rey de roma.
–Es igual. Explica lo de los libros.
–Bueno, digamos que Lucifer y yo somos conocidos, y él ostenta un gran poder sobre el mundo inmaterial y también sobre el material. El porqué, te lo contará él si quiere.
–Guau. Me has hablado del mismísimo Diablo como si fuera tu mejor amigo. ¿Sabes? Creo que hasta hace unos segundos, ni siquiera sabía que Satanás existía.
–Ahora sí –sonrió–. Bien, pues él consiguió convertir libros materiales en esencia, y traerlos al Otro Lado. Es un largo proceso, así que no me preguntes acerca de ello... Y, bueno, también aquí hay escritores.
Asentí.
–Bien, pues supongo que algún libro habrás leído sobre el típico protagonista que tiene un destino mega importante.
–Ajá.
–Pues a eso me refiero. Ese tipo de destino que está escrito y  no se puede cambiar. No creo en eso, sobre todo porque al final lo acaban cambiando. Creo que las cosas no pasan porque sí, pero no creo en que nuestro futuro está escrito.
–Lo he pillado –sonrió.
–Mejor, porque me había quedado muy bien y no pensaba repetírtelo.
Me di cuenta de repente de que aún estábamos a lomos del semental negro de Ancel. El caballo no se había movido nada, y aguardaba pacientemente a que su amo diera alguna orden.
Aun así, supe que seguía mirándome mal.
–¿Tiene nombre? –Dije, señalando al animal.
–Ares –Ancel sonrió.
–¿Debo tomarlo como una indirecta?
–Depende de si sabes quién es Ares, y de si sueles pillar bien las indirectas.
–Sí a los dos.
Ancel arqueó las cejas, como si no me creyese.
–Ares es el dios de la guerra ¿no? –Inquirí.
–Tómatelo como una indirecta –afirmó, reprimiendo una sonrisa–. Y ahora, vámonos –añadió, girándose de nuevo y rozándome levemente en la pierna.
–No –y salté al suelo.
Gran error.
Ares era más alto de lo que pensaba, por lo que al caer con un ruido sordo, mi tobillo decidió no seguir la dirección que debía, sino que, en un intento de huida, se animó a seguir un rumbo completamente contrario.
Un pinchazo recorrió mi alma entera (literalmente), mientras caía de rodillas en el suelo.
–¿Se puede saber cómo siento el dolor estando muerta? –Mascullé.
–Oh. Otra cosa que te podría explicar si vinieses conmigo y no saltases de mi caballo –ironizó, descendiendo también al suelo.
Solo que él lo hacía con demasiada elegancia.
–¿Es tu tobillo? –Se agachó a mi lado.
–Ha decidido que no quiere seguir viviendo conmigo. Y se ha llevado a Pie.
–Te entiendo perfectamente –respondió Ancel, hablándole a mi extremidad derecha.
Entrecerré los ojos y, apoyándome en él, conseguí incorporarme –he de decir que intenté dejar a Ancel en el suelo, pero en mi defensa alegaré que se alió con mi extremidad inferior derecha para destruirme.
Los brazos de Ancel me rodeaban la cintura, formando un abrazo protector en torno a mi cuerpo, y, aunque aún sentía las punzadas de dolor que subían y bajaban por mi espíritu, todo pareció calmarse frente a la electricidad que expulsaba la esencia de Ancel.
En un momento de orgullo pensé en soltarme y apartarle, pero al recordar los momentos posteriores a mi muerte, en los que lo único que había era soledad, frío y vacío, aprecié, por primera vez desde que le conocía, la presencia de Ancel. No sabía nada sobre él, no me quería contar nada, a pesar de que sabía las respuestas a todas mis preguntas, y era un capullo, pero la simple cosa de que estuviera allí, apoyándome indirectamente y guiándome cuando me podría haber dejado a la intemperie, era más de lo que podía esperar.
–¿Sabes? Tú quieres una cosa, yo otra. Te estoy ofreciendo un trato –dijo, rompiendo el silencio–, que muchos otros no dudarían en aceptar. Además de que estoy buenísimo. ¿Por qué tú no haces lo lógico?
–Primero, porque sabes que no suelo ser coherente. Y segundo, ¿cómo puedo saber que cumplirás?
–Créeme por una vez si te digo que nunca incumplo mi palabra. Puedo ser un mentiroso, un farsante y hasta un asesino, pero jamás incumplo mi palabra.
Por su tono supe que hablaba en serio y que lo de incumplir la palabra tenía que ver con algo que pasó hacía mucho tiempo.
Lo consideré, lo juro. Pero…
–Lo siento. No puedo.
–¿Por qué no? ¿Qué más da, de todas formas? Ambos sabemos que soy tu única compañía, el único con respuestas y que no tienes nada más que hacer.
–Puedo buscar a mi padre –respondí.
–También sabemos que solo lo dices para no venir.
–Bueno, ya puestos a preguntar por qué, dime, ¿por qué tengo que ir contigo?
–¿Vendrías si te explicara algo? Es como un perro, cada vez que hace algo bien le das una chuche. ¿Qué te parece si me acompañas y te voy soltando información?
–¿Qué te parece si no me comparas con un perro? –Dije, de brazos cruzados.
Ancel puso los ojos en blanco.
–Ya sabes a lo que me refiero. Es una metáfora, no una indirecta.
Abrí la boca. No lo había pensado así.
–De todas maneras, no voy a cambiar de opinión.
–¿Por qué no? ¿Es que no me crees?
Cerré los puños con fuerza. Sabía que lo estaba haciendo a posta. Su tono demostraba auténtica pena, pero ¿hasta qué punto era creíble?
Luché para no caer y decirle que sí. Debía ser fuerte y mantenerme firme, sobre todo estando ante a alguien tan misterioso y extraño como Ancel, que seguro era bien capaz de colármela sin esfuerzo.
Sus ojos ambarinos relucieron con un brillo de aflicción mientras apuntaban a los míos. Sentí mis defensas hundiéndose, desmoronándose lentamente bajo el color ámbar.
–Si no me gusta la información, me quedo –dije, mordiéndome el labio.
Su cara cambió en medio segundo. Sus ojos resplandecieron de alegría, y una sonrisa radiante se formó en su boca.
–Genial –dijo–. Déjame pensar.
–¿Acaso sabes? –Me hice la sorprendida mientras reprimía una sonrisa.
Él arqueó las cejas y luego se puso serio, mirando al horizonte, como si pudiera ver más allá de lo que había.
–¿No me dejas preguntarte? A lo mejor así no te provocas un cortocircuito ahí dentro –me toqué la sien con el dedo.
–No. Tengo que elegirlo yo.
–¿Vas a tardar mucho? –Pregunté después de un rato en silencio.
–No. Es solo que no sé lo que técnicamente puedo contarte.
–Pues ya puedes ir escupiendo información, porque si no me voy a quedar aquí sentada.
–Mm… vale. Mira, querías saber por qué tienes que venir conmigo ¿no?
–Ajá –sentí una pizca de emoción recorriéndome entera.
–Te voy a decir por qué no debes no venir conmigo –y la chispa de esperanza se apagó.
No pude evitar expresar mi disconformidad.
–¿Esa expresión es gramaticalmente correcta? –Inquirí con un tono más amargo de lo esperado.
–No lo sé. Pero no te desanimes, es más de lo que esperas.
–Ya lo veremos –murmuré tan bajo como pude para que no lo escuchase.
–Que sepas que si lo que te voy a decir no es de tu agrado, no tendrás más opción que acompañarme. Ahora estoy siendo generoso, porque me apetece conocerte más –una sinuosa sonrisa con un brillo malicioso asomó a su boca–, pero no me voy a jugar la existencia en el limbo.
–¿Ah, sí? ¿Y eso por qué es? ¿Crees que no voy a oponer resistencia?
–Sé que lo harás, pero no me vencerás. No aún –no pregunté qué significaba ese “aún”.
–¿Y eso? –Intenté disimular mi interés, aunque no obtuve buenos resultados.
–Porque estás unida a mí.
Proferí una carcajada.
–¿Y funciona?
–El lazo es más poderoso de lo que crees. Si decido irme al Infierno, te verás arrastrada.
–¿Y si yo decido irme a buscar a mi padre? Si el lazo nos une a ambos, ¿no tendría yo poder para arrastrarte a ti?
–Puede, pero ahora mismo yo soy el más fuerte.
Hice una mueca. Tenía razón, si aún no estaba con él arrodillada frente a Satanás era porque él quería. Sin embargo, mi orgullo se negaba a aceptarlo.
–¿Y cómo sé que no es una farsa?
–Te dije que te daría información.
–Pero también dijiste que eras un mentiroso –remarqué–, y nunca me aseguraste que lo que me ibas a decir fuera cierto.
Ancel suspiró de exasperación.
–¿Quieres que te lo muestre?
–¿Implica la muerte de alguien?
Él puso los ojos en blanco.
–No.
Se acercó a mí dos pasos, y yo retrocedí uno por instinto. Inmediatamente volví a mi posición con aplomo. ¿Confiaba en él? No. Confiaba en mi orgullo.
Ancel me puso las manos en los hombros y cerró los ojos. Estaba a punto de reírme cuando noté que algo tiraba de mí fuertemente, dejándome sin aliento.
Abrí mucho los ojos y, al apartar la vista de la cortina de pelo color cobre que tapaba los párpados cerrados de Ancel, vi que algo blanco, sólido y fuerte estaba entre ambos, como un puente serpenteante.
Bajé la mano para tocarlo, repentinamente atraída hacia la magnitud de poder que emitía, pero en seguida unos dedos rodearon mi muñeca, parándome.
–Ten cuidado. Es magia negra.
Miré fascinada el cordón que nos unía, sin tener ahora ningún argumento sólido para pelearme con él. Noté cómo algo se desinflaba en mi interior.
Tendría que ir con él. ¿Qué consecuencias podría acarrear? No me había despedido de mi familia y amigos. Ni siquiera había pensado en ellos. Y ahora tenía que irme con un desconocido que al parecer quería acosarme, que encima era la muerte, y al que estaba atada con magia negra.
Un planazo.
También tenía la opción de decir que no me había gustado la información, pero eso no era demasiado creíble, a juzgar por mi reacción al ver el hilo.
Tendría que aguantarme.
–Como decía antes, si no vas a venir conmigo, te arrastraré.
Me quedé en silencio, sin responderle, mientras barajaba mis opciones. No podía mentirle, eso estaba claro.
–Y a Lucifer no le haría ninguna gracia ver que la chica con el espíritu más deseado del Otro Lado entra en el Infierno arrastrada por el General del Ejército del Príncipe de las Tinieblas–añadió, dejándome sin palabras.