¿Qué te parece la historia

viernes, 11 de julio de 2014

Capítulo 20.

¡Hola! Lo primerísimo de todo que voy a hacer hoy es disculparme. Pensé que con la llegada del verano tendría más tiempo para escribir y, quizá, que podría hasta acabar la novela. Me equivoqué. No he parado quieta, apenas he cogido el ordenador, y, cuando lo hago, me bloqueo. He tenido que hacer muchos cambios en la historia, cosas que no me esperaba, y que necesito preparar. Creo que es una gran idea, pero habrá que esperar un poco más. He tardado mucho en subir este capítulo, porque no avanzaba nada con la novela. Por eso, como por fin he conseguido terminar el condenado capítulo 21, subo este. No obstante, voy a pedir que me deis un tiempo para reorganizar mis ideas y retomar la novela de nuevo, cuando lo tenga todo claro. No sirve de nada que siga subiendo capítulos que están mal escritos. Prefiero esperar un tiempo y luego escribir bien, y creo que todos preferís eso.
Pero bueno, es lo que hay, aunque me da pena. También, estaré inactiva desde el 18 al 3 de agosto o así. Intentaré terminar el 22 para subir el 21 el jueves, pero no puedo prometer nada.
¿Qué más...? No mucho. Solo decir que, como es habitual, el capítulo no va corregido. Además, este es bastante larguito (18 páginas).
Y... creo que eso es todo. Feliz verano a todos, y espero que disfrutéis mucho.

A todos los escritores del planeta, que hacen lo que hacen con ilusión, ya sea para los lectores, para ellos mismos, o para nadie. Gracias por enseñarnos tanto con un puñado de palabras.

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Capítulo 20.
Hubo un momento de confusión, en el que los tres nos miramos sin saber muy bien qué hacer. Los ojos ambarinos de Ancel expresaban un brillo de desconfianza, escrutando la maleza que nos rodeaba, en busca de aquel que nos había salvado, o que trataba de mandarnos al Limbo.
Aunque, pensándolo mejor, podría habernos disparado ya.
–Si es un Purgador, estad atentos –advirtió Ancel.
–¿Y qué demonios vamos a hacer ahora? ¿No deberíamos continuar? –preguntó Tom.
Ancel sopesó nuestras opciones.
–Tienes razón. Sigamos.
Echó a andar en una dirección, y pronto su cuerpo volvió a estar oculto por la maleza.
Tom y yo le seguimos de cerca, procurando no perderle de vista. Observé la espalda de Ancel con detenimiento, sus musculados hombros y definida corpulencia. El pelo castaño se le rizaba en la nuca, formando graciosos remolinos. Musitel colgaba de la vaina, tapándome una gran parte de la visión.
Cuando llevábamos un buen rato andando, Ancel se detuvo en seco, mirando hacia todas partes, escrutando la maleza.
–¿Qué…? –empecé, pero Ancel me cortó.
–Shh, he escuchado algo.
Se giró de nuevo hacia la espesa vegetación, frunciendo el ceño. En ese momento, unos ojos saltones totalmente fuera de lugar asomaron del follaje, sobresaltándonos a todos.
Estaban puestos en una cara seria, surcada por arrugas y adornada con una larga barba blanca. El hombre llevaba un sombrero cubriendo lo que, supuse, era una calva.
Había un brillo inteligente en sus ojos, mezclado con la hostilidad irritada de alguien mayor que no soporta la incompetencia.
–¡Zanetti! –exclamó, alzando su bastón.
Mi amigo esbozó una media sonrisa.
–Hola de nuevo, Ernest.
–¿Qué haces por aquí?
No se me pasó por alto que el anciano nos había ignorado por completo tanto a Tom como a mí. No es que me importara, pero teníamos cosas importantes que hacer.
El rostro de Ancel se puso serio ante la pregunta del hombre.
–Tienes que ayudarnos.


La cabaña que Ernest consideraba su hogar no estaba lejos del lugar donde nos había encontrado. Era una destartalada construcción de madera, con un tejado que no parecía estable y una puerta medio desencajada.
–Así que fuiste tú quien mandó a Rigel al limbo. ¿Por qué? –preguntó Tom, una vez dentro.
El hombre correteaba alrededor, recogiendo libros, hojas sueltas, y demás porquería acumulada.
–Bueno, no voy a dejar que os Conviertan. Menos a Ancel.
La mirada que en ese momento le dirigió me hizo preguntarme si habrían compartido alguna experiencia en el pasado. Todo apuntaba a ello.
–¿Qué necesitáis, jóvenes?
Después de saludar a Ancel, Ernest había reparado por fin en los otros dos Purgadores que había a su lado, pero cuando formuló la pregunta, miraba a Ancel.
–¿No te has enterado? –dijo este.
–¿Cómo lo habría hecho? Ya nadie se acuerda del viejo loco que se fue del Consejo –replicó el hombre, esbozando una amarga sonrisa.
–¿Te fuiste del Consejo? –intervine yo–. ¿Por qué?
Ernest me observó durante unos momentos. No, más bien, a mí no. A mi esencia, que brillaba con una luz más fuerte que nunca a mis ojos. Estaba iluminada con un resplandor rojizo mucho más intenso que el de Ancel, Tom o el propio Ernest.
Entrecerró los ojos, con la comisura de los labios levemente alzada, en un indicio de sonrisa.
–Leyna Shellow, ¿eh? He oído muchas habladurías por ahí, pero no creía que fueras real.
Yo no hice más que sostenerle la mirada. ¿Qué podía decir, si no?
–¿Cómo sabes mi nombre? –Fue lo único que se me ocurrió.
–Sé muchas cosas, muchacha. ¿No te ha hablado Ancel de mí?
–Lo cierto es que no he tenido mucho tiempo, Ernest. Han pasado muchas cosas.
–Eso parece, sí. Ponme al día, te lo suplico.
Estuvimos durante casi dos horas hablándole a Ernest desde mi muerte hasta que nos había encontrado y salvado en el bosque.
El anciano no movió ni un solo músculo durante nuestro relato, en el que participamos Ancel y yo mayoritariamente. Nos saltamos detalles como nuestros besos, o el hecho de que Tom y yo éramos conocidos.
Ancel no aportó ningún detalle extra, como yo había creído que haría. Se limitó a contar toda la historia que yo ya conocía.
–Interesante –musitó Ernest una vez hubimos terminado–. Realmente interesante.
Los tres escrutamos su semblante, a la espera de que añadiera algo más. Lo hizo después de un corto espacio de tiempo.
–Según lo que me has contado, deberías ir a ver a las Parcas para que Lucifer no tenga modo de encontrarte u obstaculizarte.
–Es por eso por lo que he venido –contestó Ancel–. Leyna necesita entrenamiento, y debo ir solo a Zemla.
–Imposible. Ella debería acompañarte.
–Cierto –dije yo.
–Ni de coña –replicó Ancel.
–Piénsalo bien, chico –Ernest se levantó del lugar donde estaba sentado–. Los dos bandos os buscan a ti y a Leyna, pero nadie quiere deshacerse de Tom. Si la dejas aquí, ni él ni yo vamos a poder evitar que alguien se la lleve. Está más segura a tu lado. Además, creo que a ella no le gustaría separarse de ti –la sonrisa pícara que me dirigió hizo que me sonrojara hasta las orejas.
Entonces, su expresión se tornó seria, y sus ojos se abrieron mucho.
–¿Cómo es posible…? –farfulló.
Sus ojos pasaron de Ancel a mí y de vuelta a Ancel. Pude notar mi creciente preocupación, así como la de mi amigo.
–¿Qué? –preguntó.
–¿Acabas de…? ¿Te acabas de sonrojar? –balbuceó el hombre.
Yo miré a Ancel en busca de ayuda, quien se rascó la nuca con inquietud.
–Oh.
Ernest lo había comprendido por fin. Pero, ¿el qué?
–Entonces estás en muy grave peligro, Shellow. Tenéis que iros ya –nos apremió.
–¿Qué pasará con Tom? –pregunté, sin poderlo evitar.
–Le enseñaré todo lo que aún no le habéis enseñado vosotros, y más de lo que podríais haberle enseñado nunca –Ernest sonrió–. Un placer conocerte, Shellow.
Asentí con la cabeza en dirección al anciano, y luego hacia Tom, que respondió con un gesto.
–Cuídate –le dije.
–Volveremos para llevarle a Eroz. Trata de entrenarle un poco también en el arte de la lucha –Ancel estaba serio.
–Supongo que te encargarás de adiestrar tú mismo a Leyna. En el paso de Caronte podéis parar.
Nadie añadió nada más. Ernest nos observó desde su puesto, al lado de lo que parecía una cocina, mientras que Tom nos vio marchar sentado en un sillón.
Su pelo castaño fue lo último que vi antes de que se cerrara la puerta.


Ancel y yo caminamos durante horas, hablando sobre temas banales, hasta que surgió el asunto de Ernest.
–¿Es verdad que se fue del Consejo? ¿O solo está degenerado por la edad?
Ancel emitió una leve carcajada.
–Es verdad.
–¿Y qué pasó?
–Era demasiado listo.
Arqueé las cejas, incrédula.
–Me estás tomando el pelo –sentencié.
–¡No! Es verdad.
Sus ojos ambarinos refulgieron con un brillo de picardía.
Se detuvo y me miró con intensidad, como si sus ojos, dorados, de repente me quemaran. Una media sonrisa cruzaba su rostro conforme este se acercaba, acabando con la distancia entre ambos.
Cuando sus labios rozaron los míos, sentí una descarga de calor que me recorrió el alma entera. Me sujetó la cabeza con una mano, mientras la otra se deslizaba suavemente a mi cintura.
Coloqué mis dedos en su nuca, revolviéndole los mechones sueltos que formaban remolinos en el cuello de su camisa.
La presión de su boca contra la mía se incrementó, llegando a ser hasta fiera. Noté la esencia de Ancel pegada a la mía, fusionándose ambas con cada segundo que pasaba, forjando nuestra relación.
Oímos un ruido a lo lejos, pero ninguno de los dos se molestó en investigar. No hasta que fue demasiado tarde.
–Vaya, vaya. Esta es la segunda, Ancel.
Los dos nos giramos a la vez, encarando a la esencia más irritable del Otro Lado, la Tierra, y cualquier plano espacio-temporal existente.
Sin embargo, esta vez no estaba solo. Detrás de él, dos de los guardias de Lucifer, armados hasta las cejas, nos contemplaban impasibles.
–Cogedlos –ordenó Nergal.
Rebusqué en mis bolsillos, procurando que no me viera nadie. Al fin, tomé uno de los dardos, que no había devuelto a Ancel.
Y, simplemente, esperé.
Esperé hasta que fuera el momento oportuno para sacar la mano de mi bolsillo e intentar sorprender a los dos hombres que se abalanzaban a por nosotros.
El problema era que no sabía cuál era ese momento.
Miré a Ancel, en busca de ayuda, mientras los guardias avanzaban hacia nosotros. Él ni siquiera tenía la mano en la empuñadura de Musitel, que descansaba en la vaina, apoyada en su espalda.
Miraba imperturbable a Nergal, aunque me habló mentalmente.
“Leyna, le he hablado a Ernest de tu habilidad antes. Me ha contado muchas cosas que ahora mismo no te puedo decir, pero, recuerda, cuando no sepas qué hacer, solo cierra los ojos y déjate llevar.”
Me sorprendí por el contenido de su mensaje. No era muy claro, aparte de que me molestaba un poco que no hubiera confiado en mí o en Tom como para tratar el tema de mi poder en alto, en lugar de hablarlo mentalmente con el anciano.
Sin embargo, no era momento para pensar en ello.
El guardia que venía a por mí estaba cada vez más cerca, acechándome con una ancha espada.
No me quedó más remedio que cerrar los ojos y confiar en Ancel.
Noté que mi estómago empezaba a arder, como si un fuego se abriera paso para salir al exterior desde el rincón más profundo de mi alma.
Apreté los ojos con fuerza, tensando también la mandíbula.
“Déjalo salir” me dijo Ancel.
Y lo hice.
Relajé los músculos de mi cuerpo, y, como si hubiera tragado dinamita, exploté.
El fuego que estaba adormecido en las profundidades de mi ser resurgió en todo su esplendor. Abrí los ojos, de repente sintiéndome enfadada. Iracunda.
Vi a Ancel, con los ojos abiertos y fijos en mí. Esos ojos dorados que reflejaban el resplandor de la llama en la que se había convertido mi esencia.
Incluso pude divisar un atisbo de miedo al principio. Sin embargo, el verdadero y puro pánico se mostraba en las facciones de nuestros atacantes, que no daban crédito.
Nergal tenía la boca abierta, y parecía lanzarme una mirada suplicante.
Sin embargo, no iba a tener piedad.
Adelanté un pie. Luego el otro. Y comencé a andar, sintiéndome nueva y poderosa.
Nadie se atrevió a mover un solo músculo.
Le tendí la mano a Ancel cuando pasé por su lado. Él entendió lo que quería, por lo que me pasó a Musitel, que emitió una vibración cuando mis dedos se cerraron en torno a su empuñadura.
Ancel se apartó, con la cabeza alta, expectante. Nergal temblaba de miedo, situado tras los también asustados guardias.
En ese momento, una sonrisa de triunfo apareció en mi rostro. No sé de dónde salió, pero se quedó allí durante un largo tiempo.
Sopesé mis opciones.
Podría mandarlos a todos al Limbo en aquel preciso instante. No creía que se atrevieran a defenderse, siquiera. Pero yo no era así.
Dirigí a Ancel una mirada en la que iba impresa una pregunta. Él inclinó la cabeza hacia Nergal y, acto seguido, negó.
Yo asentí, comprendiendo. Si les dejábamos escapar, podrían contarle a Lucifer lo que había sucedido aquí. Los guardias tendrían que morir.
Sin embargo, Nergal era demasiado débil, por lo que con una amenaza bastaría. Además, algo me decía que Ancel tenía una idea en mente.
–Al suelo –les dije a los dos guardias, apuntándoles con Musitel.
Ellos se miraron entre ellos, con el miedo pintado en la mirada.
–Y tirad las armas –añadí.
Mi voz sonaba distinta. Más autoritaria, más confiada.
Y eso, quizá, fue lo que les empujó a dar un par de pasos vacilantes hacia mí. O una mezcla de todo.
Ancel se acercó también.
–No sé si es mejor que los matemos a todos.
–No somos asesinos, Ancel. Y creo que tienes algo que hacer –su mirada se dirigió automáticamente hacia Nergal, mientras una sonrisa aparecía en su rostro. Era una sonrisa fría.
–Está bien. Pero puedo hacerlo yo, si quieres –sus ojos, que ahora parecían de fuego, me miraron intensamente.
–No soy una niña pequeña.
–No. Pero todo cambia cuando le cortas la garganta a alguien. Y, créeme, lo que estás a punto de hacer es peor que la muerte.
–Sí, bueno. Esto no es tan malo, al fin y al cabo –sonreí un poco, devolviéndole la espada, cuyo brillo se tornó más tenue al caer en las manos de Ancel.
–Date la vuelta –me ordenó–. Vigila a Nergal.
 Yo asentí, comprendiendo que Ancel no quería perturbar mi mente. Y, aunque me costase admitirlo, yo temblaba de miedo por dentro.
¿Lo habría hecho? ¿Hubiera sido capaz de matar a dos hombres que solo estaban haciendo su trabajo? Probablemente no.
Conforme la lengua ígnea que había surgido de entre las profundidades de mi ser se retiraba, sentí que la energía se escapaba de entre mis manos.
Sin embargo, el recuerdo del fuego consumiendo mi esencia seguía allí. Y permanecería allí para siempre, haciéndome revivir una y otra vez que soy más poderosa de lo que todo el mundo piensa, incluyéndome a mí.
–Todavía puedo contigo –le advertí a Nergal, que había movido la mano detrás de su espalda, donde quedaba fuera del alcance de mi vista.
Se encontraba de rodillas, con el flequillo negro tapándole los ojos. Las gafas estaban medio caídas sobre el puente de su nariz, y parecía más joven aún. 
Su expresión cansada me hizo recordar qué era en realidad.
“No es más que un niño. Un simple niño”. Sin embargo, era un chico a las órdenes de un monstruo.
Nergal retiró su mano y la puso donde yo pudiera verla, casi a regañadientes.
–Soportaré cualquier dolor. No voy a caer bajo vuestra presión –dijo el muchacho.
–Leyna –era la voz de Ancel.
Antes de que pudiera girarme, noté su mano en el hombro, y su respiración en mi oído.
–Tenemos que irnos ya –dijo.
–¿Qué pasa con él? –señalé al chico, que continuaba con la mirada posada en el suelo.
–Tendrá que venir con nosotros –contestó Ancel.
 –Ancel. ¿Ir adónde?
–A las cuevas Predene. Hogar de las Parcas.

Realmente, las cuevas daban miedo.
Imponentes estalactitas colgaban del techo, amenazando con caer sobre nuestras cabezas. Ancel me había explicado a la entrada que no nos mandarían al Limbo si se desprendían, puesto que eso solo era posible mediante la espada de alguien de tu “especie”, pero sí nos causarían un gran dolor.
Por eso, los tres avanzábamos con cuidado, tratando de evitar pasar por debajo de un saliente y, en caso de no tener más remedio, correr.
Nergal no había hablado nada, y seguía así. Simplemente, se limitaba a obedecer, aunque un poco a regañadientes.
–¿Cuántos años tienes? –le pregunté.
Él me miró con sorpresa, y luego dirigió sus ojos hacia un carámbano que parecía colgar en precario equilibrio, preparado para derrumbarse sobre nuestras cabezas.
–Catorce –respondió. Por un momento, noté que su voz había temblado. Él trataba de contenerse, pero su labio comenzó a vibrar, y las lágrimas acudieron a sus ojos, a pesar de que no podían ser derramadas–. Morí con catorce años. Mis padres vieron morir a su hijo pequeño.
Los oscuros ojos del niño estaban vidriosos.
–¿Qué…? –No llegué a terminar la frase. No quería hacerlo.
–Estaba enfermo. Problemas del corazón –se encogió de hombros, con el dolor pintado en la mirada–. En los cincuenta, era una especie de milagro vivir más de una década con una enfermedad cardíaca.
–Lo siento.
Él profirió una suave carcajada.
–¿Sentirlo por qué? Tú no has hecho nada malo. No fue tu culpa que naciera así, ni tampoco que muriera. No fue culpa de nadie. Ni siquiera de Ancel –hizo una pausa mientras esquivaba una estalagmita, que nacía del suelo bien afilada–. No veo por qué la gente dice eso.
–Quizá porque no hay nada más que decir. Y puede que sea mejor añadir algo en lugar de quedarse callado.
–Créeme, Leyna, el silencio dice lo que las palabras no pueden expresar.
Y entonces, todos callamos. Principalmente, porque no había nada más que decir, pero también porque había una abertura en la cueva, que daba a una gran estancia.
En el centro, tres mujeres ataviadas con vestidos rotos y desgastados estaban sentadas frente a una mesa repleta de lana. Sus esencias eran de un color plateado, diferentes de cualquiera que yo hubiera visto antes.
–Leyna –me llamó Nergal–. Quiero que sepas que…
Pero, en ese momento, una voz profunda se interpuso a la suya, interrumpiéndole. Era como una mezcla de varias tonalidades, que, estando juntas, se convertían en una melodía completamente nueva.
–Leyna Shellow… Nuestra hija… Ha regresado por fin –decían las Parcas.

lunes, 16 de junio de 2014

Capítulo 19.

Eeeen fin. Felices vacaciones, feliz verano y demás. ¿Qué tal los exámenes? Seguro que bien. Yo ya no tengo cole :D Bueno, ya vengo con el 19, que, como es habitual, no está corregido, ya sabéis por qué. Espero terminar la novela este verano, y ya empezaré con la segunda parte, aunque supongo que dejaré un intervalo de tiempo entre una y otra, sobre todo para que pueda organizarme con las novelas y para que asimiléis el final (que tengo pensado desde que empecé... muajajaja). Bueno, disfrutad, y, por favor, necesito COMENTARIOS.

Este capítulo va dedicado a las hermanas Vilanova de Diego –al menos, a las dos que me leen–, que con un comentario me han ayudado mucho. Gracias, y espero que sigáis disfrutando con mis escritos.

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Capítulo 19.
Al principio, lo único que pude hacer, fue mirar fijamente a los ojos al primero de ellos. Llevaba una apariencia completamente normal –dejando de lado el hecho de que llevaba un hacha en la mano–: era un hombre de no más de treinta años, con una chaqueta desgastada y unos vaqueros que seguían el mismo camino.
Detrás de éste, quien, al parecer, era el líder, había otros dos espíritus, también con varias armas. Uno de ellos portaba una espada, mientras que el segundo tan solo llevaba un par de puñales en ambas manos.
–Vaya, grata sorpresa –dijo el primero, enseñando todos sus dientes en una sonrisa maliciosa.
–Araniel –masculló Ancel.
Tom pasaba su mirada de un espíritu a otro, a Ancel, y finalmente de vuelta a los Almas.
–¿Qué hacéis aquí? –preguntó mi compañero, cuyos ojos ambarinos relucían desafiantes. Su mano estaba puesta en la empuñadura de Musitel.
–Al parecer, conseguir una ganga –la voz de Araniel era un susurro amenazador–. De no ser por que mi deber es llevaros a todos a donde correspondéis, juro que te mandaría al Limbo, bastardo.
Ancel no pareció inmutarse ante la amenaza del Alma, cuyo tono de voz no expresaba ira o enfado, sino una calma fría y distante, que podía llegar a ser incluso peor.
–Además, después de Convertiros, me vais a tener que ayudar a llevarle a Eroz –señaló a Tom, que no había dicho ni hecho nada desde que nos habíamos topado con los Almas. Sin embargo, su mirada tenía un destello amenazador.
–¿Y después? –preguntó Ancel, completamente tranquilo.
–Después os presentaréis al Consejo de los Siete Arcángeles.
–Querrás decir seis –dijo Ancel, esbozando ahora una sonrisa torcida.
Araniel apretó los dientes, pero no se movió.
–Estamos seguros de que no se ha sometido del todo. El poder de Gabriel es muy fuerte.
–¿Seguros? –Ancel profirió una leve carcajada–. ¿Cuánto tiempo ha pasado, Araniel? ¿Dos mil diecisiete años? Sí, creo que es eso. ¿Y cuántas batallas han pasado en toda esa época? Más de mil, creo recordar. Y Gabriel está… –dio un paso peligroso hacia los Almas, con los dedos cerniéndose sobre la empuñadura de Musitel– ¡oh! Aún está con nosotros, desde aquel año en el que le Convertí.
Araniel se tragó las palabras de Ancel con un par de apretaduras de dientes, pero sin ningún movimiento extraño.
De repente, tras un leve sonido de un choque entre algo metálico y otro objeto, Ancel había desenvainado a Musitel y dirigía un golpe a Araniel, quien lo esquivó dificultosamente.
“¡Súbete a un árbol!”, oí en mi cabeza.
No me paré a preguntarme cosas, simplemente obedecí a Ancel.
Busqué con la mirada un árbol con las ramas lo suficientemente bajas como para poder trepar, y con la adecuada maleza en la copa para taparme.
Finalmente encontré uno perfecto. Eché la vista atrás para comprobar que ninguno de los Almas me veía o seguía.
En efecto, Ancel andaba ocupado con Araniel y el otro Alma, mientras que Tom hacía lo que podía contra el que llevaba los puñales.
Comencé a trepar lo más rápido que podía. Pie arriba, mano delante, pie arriba, mano delante. Iba tan concentrada en mis movimientos, que no advertí la figura que se cernía sobre mí.
Primero noté una mano en mi tobillo, de la que intenté zafarme sin mucho éxito. Comencé a dar patadas, tratando de no caerme.
No me di la vuelta. Intentaba continuar subiendo, para obligar a mi captor a que me soltara, pero no había manera. Su agarre era demasiado fuerte.
Finalmente, giré la cabeza. Observé a uno de los Almas esbozando una sonrisa maliciosa, creyendo que me había ganado. Sin embargo, uno de los dardos se había separado de los otros para acabar en mi mano, preparada para lanzar.
Apunté al cuello, pero el dardo se clavó un poco más abajo, en la clavícula, gracias a un intento de esquivar mi lanzamiento. El Alma profirió un aullido de dolor y se precipitó hacia abajo.
No me había dado cuenta de hasta dónde había subido ya. Unas ocho ramas me separaban del suelo.
Ya quedaba menos para llegar a la copa.
Continué ascendiendo con otro dardo en la mano, por si acaso. No obstante, a los pies del árbol podía ver la figura del Alma gimiendo y agarrándose el lugar donde el dardo se había clavado.
Después de un tiempo trepando, conseguí abrirme paso entre la vegetación de lo alto del árbol para poder ver a mis amigos.
En silencio, recé por que siguieran allí.
Y, en efecto, lo estaban. Ahora que la batalla se había igualado, Ancel lo tenía relativamente fácil contra Araniel. Tom seguía esquivando como podía los ataques del otro Alma, quien, aunque era bueno con la técnica, resultaba estúpidamente lento, sobre todo comparado con Ancel al lado.
Me senté con cuidado en una rama, recordando todo lo que sabía sobre los Almas: que no sentían, que su deber era Convertirnos, y que debíamos Convertirlos nosotros a ellos.
Según Ancel, ellos eran los equivalentes a los ángeles. Puros, blancos y luchadores natos contra el mal, que veníamos a ser nosotros.
Nunca creí en ángeles y demonios, pero esto era una representación de ello. Sin alas, sin aureolas. Simplemente una guerra que nunca era ganada, pero debía ser combatida.
Di vueltas al dardo entre los dedos, pensativa y echando vistazos hacia abajo, esperando a que uno de los rivales se pusiera a tiro.
Observé luchar a Ancel, lo que era todo un espectáculo. Mi amigo se movía con gracia y elegancia, lanzando ataques y moviendo la espada con soltura. Coordinaba todas las partes del cuerpo, adaptándolas a la actividad de la muñeca que dirigía el arma.
Araniel, sin embargo, era vasto en la lucha. Tenía un gran cuerpo, y era mucho más alto y musculoso que Ancel, por lo que recurría a la fuerza bruta para intentar vencer a mi amigo.
Soltaba improperios de vez en cuando, sobre todo en las veces en las que Ancel se colocaba por detrás y le obligaba a girarse, para lo que tardaba bastante.
Comprendí que Ancel hacía lo de siempre. Se divertía. Hacía creer a su adversario que estaba a punto de vencerle, pero nunca lo conseguía. Nunca le alcanzaban.
Llevaba una sonrisa irónica en la boca conforme provocaba al Alma para enfurecerle. Vaya si se divertía.
Me recordaba a los niños en el patio del colegio cuando éramos pequeños. Los que organizaban un partido de fútbol como si de la final de un campeonato se tratara, corrían y se picaban entre ellos para disfrute propio. Porque el enfado de tu rival a tu causa es lo mejor del mundo.
No cuando se trata de Ancel.
Esta vez, era Araniel quien, por primera vez en toda la pelea, había conseguido poner en un aprieto a Ancel. No era uno gordo, por supuesto, pero mi amigo no se sentía cómodo.
La sonrisa había desaparecido de su rostro, a pesar de que el brillo desafiante seguía presente en sus ojos. Las miradas de ambos contrincantes se encontraron, y pareció librarse otra batalla paralela a la que se sucedía en aquellos momentos.
“Leyna, atenta”, se oyó en mi mente.
Me fijé más en Ancel, que parecía completamente vulnerable a la espada de Araniel.
Entonces lo comprendí todo, y me sorprendió la inteligencia de mi amigo.
–Hasta ahora, Araniel –dijo, sonriendo, y lo bastante alto como para que yo pudiese oírlo.
El Alma que estaba luchando contra Tom cesó sus ataques, dejando respirar a mi compañero, y centró su atención en su confuso líder, que a su vez miraba a Ancel.
Di una última vuelta al dardo entre mis dedos, y apunté a la espalda de Araniel. Justo al punto en el que, en caso de estar vivo, le mataría, pero donde ahora conseguiría Convertirle en un Purgador.
“Solo hiérele. Si le Conviertes, Lucifer sabrá dónde estamos”, me dijo Ancel.
En respuesta, cambié el objetivo hacia su muslo. Y lancé.
El dardo se fue a clavar en el lugar donde había apuntado, quizá un poco más arriba.
Tanto Ancel como yo observamos a Araniel soltando un alarido de dolor con extraño placer.
Sin embargo, estaba tan concentrada mirando hacia el lugar donde todos contenían la respiración, que no me di cuenta del evidente sonido de que alguien se acercaba, trepando lentamente por el tronco, para darme caza.
Cuando una mano me agarró el tobillo, no hice otra cosa que gritar.
Luego empecé a dar patadas, siendo consciente de que aquel que me había cogido no era otro que el Alma de antes.
Sentía cómo me temblaban las manos mientras trataba de alcanzar uno de los dardos, que habían quedado medio colgando de una rama, ahora fuera de mi alcance.
Tampoco podía ver a Ancel, pero oí su voz por encima de mis chillidos.
–¡No le Conviertas! ¡No puede hacerte daño! –decía, seguramente a Tom.
Pude escuchar sus pisadas mientras corría hacia el árbol, lo más rápido que podía.
Sin embargo, tuvo problemas. Desde mi posición, pude ver cómo el Alma que antes había luchado contra Tom se colocaba delante de mi amigo, impidiéndole el paso hacia mí.
Ancel enarboló su espada, aparentemente decidido a pasar. Ahora no había tiempo para divertirse.
Lanzó un par de ataques, fintó, y su espada acabó, de alguna manera, clavada en el costado de su rival. La retiró rápidamente, sin retorcerla, y continuó su camino hasta donde estaba yo.
Cuando llegó al pie del árbol, comenzó a trepar sin envainar a Musitel. Mi captor, al ver que Ancel también subía en mi busca, profirió una carcajada.
Noté que algo me ataba las manos por detrás. Luego, me levantó a la fuerza sobre la rama donde estaba sentada antes, lo suficientemente gruesa y grande como para no romperse bajo el peso de los dos. Si pesábamos. O si se podía romper.
–Vais a recordar mi nombre, Purgadores. El Otro Lado recordará mi nombre como aquel que Convirtió a Ancel Zanetti y a Leyna Shellow –dijo mi captor, agarrándome aún más fuerte–. Mi nombre es Rigel.
Y después se desplomó sobre mí, tirándome al suelo. Ambos nos precipitamos hacia abajo, golpeándonos contra las ramas más bajas, hasta que aterricé sobre los brazos de Ancel, que habían aparecido de repente.
La caída de Rigel, sin embargo, solo fue frenada por la maleza. Una flecha sobresalía de su espalda conforme la esencia del espíritu se volvía rojiza, llevando a cabo del Cambio.
En ese momento llegó también Tom, que observó, junto con Ancel y conmigo, cómo Rigel se desvanecía, yendo hacia donde quiera que fueran los Conversos.
Aunque ninguno de los tres dijo nada, todos sabíamos lo que cada uno estaba pensando.
¿Quién había disparado la flecha?

jueves, 5 de junio de 2014

Capítulo 18.

Bien, aquí esta el esperado capítulo 18 (al menos por Rocío y Carol... ¬¬). En fin, reitero que no está corregido, porque si no me deprimo. Y, bueno, no sé si podré subir el jueves que viene, depende de si me da tiempo a escribir el 20, porque de 6 días que nos quedan de colegio, tenemos 7 exámenes, así que... a saber. Y bueno, creo que nada más que añadir. Solo lo que ya conocéis: TRES COMENTARIOS. 

Saludos^^

Este capítulo va dedicado a todos los que me leéis y apoyáis, en especial a Rocío y Carol, que tan pesadas estaban para que supiera ^^ Os quiero a todos :3

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Capítulo 18.
Tom nos miró un rato con el ceño fruncido. Por alguna razón, no quería preguntarle a Ancel lo que era un Elemental delante de él. Además, era una situación muy, muy, muy, muy incómoda.
¿Me reconocía? Porque si no era así, yo iba a quedar peor que mal. Pero lo que más me fastidiaba era que Ancel sabía quién era Tom y lo que tenía que ver conmigo.
–Yo te conozco –dijo entonces, pillándonos a Ancel y a mí por sorpresa.
Su voz era tan suave como siempre, agradable sin resultar extraña. Simplemente, era bonita, de algún modo.
–¿En serio? Menos mal, porque estaba a punto de degollarte –comentó Ancel, con una sonrisa arrogante y fría en el rostro.
Yo le eché una mirada de odio. ¿Por qué había dicho eso? ¿Estaría celoso? Sin embargo, debía admitir que tenía razón.
Tom volvió a fruncir el ceño, observando suspicaz a mi amigo.
–Estaba contigo en… –él me interrumpió.
–¿Leyna, verdad?
–Exacto –intenté sonreír, pero la incomodidad de la situación me hizo poner una mueca.
–Te has librado –intervino Ancel.
–¿Y tú quién eres?
–Alguien a quien le pareces un coñazo.
–Se llama Ancel –dije, poniendo los ojos en blanco.
Algo me decía que estos dos me iban a poner la cabeza como un bombo.
–Soy la Muerte –mi compañero esbozó una sonrisa repleta de veneno.
–¿Adónde vamos a ir ahora? –le pregunté a Ancel.
–Tenemos que llevar a este pelmazo a Eroz.
–¿Eroz?
–Es donde entrenan a las Fuerzas.
Me encogí de hombros.
–Pues vamos –me iba a girar para salir del instituto cuando Ancel me cogió del brazo.
–Espera. Estamos huyendo de Lucifer, ¿recuerdas?
–¿Y?
–Que Eroz está dentro de su alcance.


–¿Y cuál era el plan? –preguntó Tom, más para dar un tema de conversación que para saber realmente la respuesta.
Como yo tampoco había pillado lo que íbamos a hacer a partir de ahora, dejé que Ancel respondiera, rezando para que no incluyera ningún insulto en su contestación.
–Mira que eres pelmazo –primera mofa–. Ya te he dicho que no te lo iba a decir. Como si alguien como tú pudiera entender los pensamientos de mi cerebro…
–Ancel. ¿Podemos hablar, por favor? –Introduje una sonrisa adorable que en una mujer se puede camuflar con una asesina.
Mi compañero lo acabó entendiendo –por suerte o por desgracia–, y, después de lanzar una mirada de asco a Tom, caminó conmigo hacia el otro lado del parque en el que estábamos.
–Dime –dijo cuando nos detuvimos, como si no captara mi creciente enfado.
–¿Dime? ¿Qué te crees que haces? Pareces un maldito bebé con ese comportamiento.
Mi reprimenda le borró la sonrisa de la cara, y, por fin, se puso serio.
–Ese chaval no me gusta.
–¡Ni siquiera le conoces!
–¿Y tú? ¿Hasta qué punto conoces al chico por el que estás más que colada? –Eso hirió hasta lo más profundo de mi alma.
–Sí. Es verdad. El chico por el que estoy colada no me cuenta nada de él o de su vida, y, además, se comporta como un idiota con un chaval al que ninguno conocemos.
Después de soltar aquello, respiré hondo. Estaba realmente enfadada. ¿Es que no se daba cuenta de que Tom no era más que un capricho de adolescente tonta? ¿Aquel popular con el que todas las chicas del curso estaban coladas, pero por el que ninguna sentía nada? ¿No notaba que quien me gustaba era él y nadie más?
Debió leer mis pensamientos, porque él también respiró, para luego acercarse a mí y plantarme un beso en los labios, fugaz pero significativo.
Luego colocó las manos en mis hombros.
–Sigue cayéndome mal, pero ya me siento mejor, así que tú te vas a encargar de manejarle.
Yo sonreí, en parte por su comentario, en parte por el beso. Así que sí le gustaba.
–Esto… ¿habéis llegado a una conclusión? –inquirió Tom a lo lejos, claramente azorado.
Ancel sonrió con sorna, y echó a andar, ignorando completamente al otro chico.
Sacudí la cabeza, sonriendo también, y caminé hacia el chico rubio. Sus ojos marrones me observaron con el ceño fruncido.
–¿Cuál es el plan?
–Ancel quiere ir a un… lugar antes de ir a Eroz, así que supongo que nos dirigiremos hacia allí.
Tom asintió. Luego, tras un incómodo silencio, él dijo:
–¿Estáis…? Quiero decir, ¿estáis juntos?
Miré una vez hacia delante, donde, en la nuca de Ancel, se rizaban algunos pelos castaños. Me imaginé sus ojos, ambarinos y a veces azules eléctricos, pero siempre con un brillo de inteligencia, sorna y arrogancia.
En ese momento, supe que sí. Que estábamos juntos, pero no por una petición, ni por una indirecta, sino por un lazo que iba más allá de cualquier nigromancia, aunque algunos también lo consideraban algún tipo de magia.
Y de alguna manera, pude captar la sonrisa torcida que se formaba lentamente en el rostro de Ancel, mientras contestaba:
–Sí. Sí estamos juntos.


Después de lo que parecían cuatro horas de viaje entre el follaje del bosque, Ancel se detuvo en un claro. Habíamos hablado muy poco durante el trayecto, sobre todo desde que había dicho que Ancel y yo estábamos saliendo.
Sabía que él estaba escuchando, de alguna forma, y eso me hizo sentir bien, además de que era probable que hubiese oído también mis pensamientos, lo cual era gratificante, porque creo que no me habría atrevido a decirlo en voz alta.
Ancel se llevó los dedos a la boca, y silbó de un modo que, de tenerlos, me hubiera roto los tímpanos.
–Bien, escuchad –dijo–, vamos a ir a un plano neutro, que se encuentra justo entre el Infierno y el Cielo. Tanto Purgadores como Almas tienen entrada a él, aunque no suele juntarse mucha gente. De todas maneras, es peligroso, sobre todo si Lucifer tiene algún espía, o si nos topamos con espíritus que desearíamos evitar.
–¿Y por qué vamos a ese plano, siendo tan peligroso como dices? –inquirió Tom.
Ancel se pasó una mano por el pelo, alborotándose el cabello castaño. Suspiró.
–Punto uno: ella no está a salvo aquí –me señaló–. Punto dos: tengo que hacer un recado, y conozco a alguien que nos puede ayudar.
Un relincho apagado le interrumpió.
Ancel se volvió en seguida hacia el lugar de donde provenía el ruido. Yo tuve que dar un paso hacia la izquierda para poder ver lo que ya sabía: Ares, el semental de Ancel, acababa de llegar.
Para mi sorpresa, en lugar de dirigirme su habitual mirada de asco, sus ojos oscuros se posaron sobre Tom, quien miró con el ceño fruncido a la criatura.
Esta bufó y arqueó el cuello para tocar a Ancel con el hocico. Mi amigo, novio, o lo que fuera, le palmeó el cuello, que relucía negro azabache frente a los rayos de luz.
–¿Qué es? –preguntó Tom.
–Qué –corrigió Ancel. Vi cómo se mordía la lengua, seguramente para contener un taco–. Se llama Ares, y, si te atreves a siquiera lanzarle una mala mirada, te rajaré la garganta, si no lo hace él primero.
Tom ignoró la última parte del comentario de Ancel y escrutó los alrededores, seguramente para evitar las miradas que tanto el semental como su dueño le lanzaban.
–Mierda –exclamó Ancel.
Cuando me giré para verificar que no había pasado nada, vi una sonrisa sinuosa en su rostro que me puso los pelos de punta.
–¿Qué? –dije.
–Va a tener que subirse a Ares para poder cambiar de plano.
Resoplé.
–No creo que te vayas a morir por unos minutos –repliqué.
–¡Ah! No sé yo. Y, además, ya estoy muerto.
–Conociéndote, apostaría a que tú puedes morir varias veces.
Él rio, y luego se acercó a Ares para acariciarle.
–Vamos –dijo después.
Tom se acercó vacilante, por lo que le dediqué una media sonrisa, para animarle a subir.
Al final, terminó accediendo, y se colocó en el borde de la grupa del semental. Seguidamente subí yo, y Ancel delante de mí para coger las riendas.
–¿Por qué no has llamado antes a Ares para no tener que caminar todo eso hasta aquí? ¿No se supone que puedes cambiar de plano en otros sitios? –preguntó Tom.
–En realidad, sí, pero si quieres ser el próximo objetivo de dos especies de espíritus diferentes que, aparte de estar en una guerra continua, nos están buscando a todos, puedes cambiar de plano cuando quieras.
Nadie dijo nada más mientras colocaba las manos alrededor de la cintura de Ancel. Él clavó los talones en los flancos del semental, que salió al galope hacia un lugar sin concretar. Poco a poco, la velocidad fue aumentando, conforme el aire golpeaba mi rostro, hasta que, de repente, todo se volvió negro.


Cuando volví a abrir los ojos, mis manos aún estaban alrededor de la cintura de Ancel. Me di la vuelta, comprobando así que Tom también seguía sobre la grupa de Ares.
Ancel dio orden de bajar, por lo que esperé a que Tom desmontara para poder imitarlos.
Nos encontrábamos esta vez en las lindes de un bosque de aspecto parecido al otro. Los árboles presentaban la misma textura, los arbustos seguían con aquel raro verde, como si estuviera descolorido.
–¿Y ahora? –dije, más un pensamiento en voz alta que una pregunta.
–Tenemos que internarnos en el bosque –contestó Ancel.
–¿Qué hay allí? –añadió Tom.
Un brillo fugaz pasó por los ojos de Ancel, y la sombra de una sonrisa cubrió su cara. Sin embargo, esta no llegó a más que un leve levantamiento en la comisura izquierda de su boca.
–Habrá que descubrirlo –respondió, echando a andar.
–¿Cómo soportas ir vagando por ahí? Es decir, es eso lo que todo el mundo teme, ¿no? El vacío, la soledad, la oscuridad –dije.
–Te equivocas. El miedo a la muerte que tienen los seres humanos, no va dirigido al supuesto ente que sega las cuerdas que atan a una persona a la vida.
–Que ese eres tú… –masculló Tom.
–Sino –continuó Ancel– que eso es solo una forma de ocultar lo verdaderamente sobrecogedor, aquello que todos tratan olvidar, lo que más les preocupa, y con razón: la pérdida.
Fruncí el ceño para asimilar lo que Ancel acababa de decir, pero él no había terminado.
–Además, ¿qué es la muerte en realidad? ¿Yo? ¿El momento en el que lo que te ata a la vida se rompe? ¿Es un proceso que sucede desde que nacemos? ¿O es lo que hay después de abandonar el mundo de los vivos?
Eso nos calló tanto a Tom como a mí. Había mucho que pensar acerca de ello.
–Ya no os quejaréis de aburrimiento durante el trayecto –Ancel esbozó otra de sus sonrisas torcidas.
–¿Tú qué piensas? –le pregunté.
Él me miró, confuso, hasta que comprendió la cuestión.
–¿Yo? ¿Por qué quieres saber mi opinión?
–Bueno, primero porque nos acabas de soltar un monólogo filosófico, y segundo, porque eres la Muerte.
–Yo… no creo en la muerte –dijo, serio.


Llevábamos media hora caminando en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos –bueno, puede que Ancel estuviera escuchando los nuestros también–, hasta que Tom habló por primera vez.
–¿Qué pasaría si nos encontráramos con los esbirros de Satanás, o con un Alma?
–¿En serio quieres saberlo? –respondió Ancel.
–Yo sí –intervino otra voz.
Los tres paramos en seco, con un miedo creciente. Ninguno reconocía la voz, o, al menos, no parecían hacerlo.
Comenzamos a escrutar las sombras en busca del espíritu que había dicho eso, preparándonos para lo peor.
Pude advertir a Ancel con la mano en la empuñadura de Musitel, y a Tom, en cuyas manos había aparecido una daga que me resultaba familiar.
La daga de Ancel, supuse.
–¡Ancel! –exclamé.
Él se giró hacia mí, con la pregunta impresa en su mirada. Yo me señalé, dándole a entender que quería pelear, que no iba a mirar mientras ellos dos se enfrentaban a lo que quisiera que hubiera hablado.
Ancel pareció entender, porque rebuscó en un cinturón que le cruzaba el pecho, y que yo no había visto, ya que iba por debajo de la sudadera.
–¿Alguna vez has jugado a los dardos? –me preguntó.
Le miré, dudando. Lo cierto era que sí había jugado a los dardos. Y varias veces, además. Un amigo de mi padre era muy aficionado, y siempre que íbamos a su casa a cenar o algo,me acompañaba al piso de arriba, donde tenía colgada una diana y una caja con dardos. Desde pequeña me habían divertido, y, además, no se me daba nada mal.
–Sí –contesté.
En ese momento, un ruido de murmullos se hizo presente. La maleza nos llegaba hasta los tobillos, y, aunque ésta no era muy molesta, estaba segura de que los troncos de los árboles no se podían atravesar.
Ancel me lanzó una decena de dardos –seguramente envenados o algo por el estilo– atados todos por una cuerda, para que no se separasen.
–Esos dardos podrán Convertir a un Alma, y mandar al Limbo a un Purgador –me explicó–. Apunta bien.
Justo cuando terminó de decir la última palabra, unas sombras aparecieron. En seguida noté algo que me puso los pelos de punta: su esencia era blanca, inmaculada y puramente blanca.
Eran Almas.

jueves, 29 de mayo de 2014

Capítulo 17.

Bien, algunos habréis notado (espero) que tendría que haber subido hace una semana, el jueves pasado. Pero, sintiéndolo mucho, no he podido subir hasta ahora. Se acercan los finales y estamos en esa época en la que quieres degollar a todos los profesores porque te han mandado dieciséis trabajos la semana antes de los globales. Así que lo siento mucho, pero por fin vengo con el 17, que carga una sorpresa de las gordas. Recomiendo LEER EL 1er CAPÍTULO para entender mejor este. Quizá no os acordéis de algo o alguien que tiene todo el protagonismo en este 17.Y dicho esto, solo me falta añadir una cosa más: tres comentarios, por favor.

Este capítulo va dedicado a Carol, que siempre me ha brindado un gran apoyo y se ha tragado todos mis escritos. Muchísimas gracias, de verdad, sobre todo ahora que es cuando más ayuda me has dado, con lo del concurso. Te quiero :)

PD.: No está corregido por falta de tiempo.

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Capítulo 17.
Cuando pude volver a abrir los ojos, notaba que me habían arrancado las tripas de cuajo. Recordé que al viajar al Infierno no me había sentido así, por lo que se lo dije a Ancel.
–Técnicamente, es porque tú no deberías estar aquí. Solo yo tengo permitida la entrada al plano terrestre.
–Pero, ¿cómo venían los otros espíritus, entonces?
–Después de la guerra, Satanás colocó una especie de capa sobre todo el plano para evitar que más personas decidieran viajar.
–¿Y tú cómo pasas?
Ancel me miró durante un rato, como si dudara de contestarme o no.
–Yo… –vaciló–. Satanás me convirtió en la Muerte después de una batalla.
–¿Por qué? –Era perfectamente consciente de que a Ancel no le gustaba hablar de eso, pero tenía que aprovechar.
–Porque hice un juramento. Los juramentos no se rompen, nunca. Y, además, yo nunca incumplo mi palabra.
Sus ojos ambarinos reflejaban dolor mientras se bajaba del semental y me ayudaba a hacer lo mismo, deslizándome por el lomo negro del caballo.
–¿Por qué crees que es tan malo? –le pregunté.
–¿Qué te hace pensar que creo que es malo?
–Porque te avergüenzas, y porque te duele hablar de ello.
Él se quedó callado mientras se pasaba la mano sobre su pelo color bronce.
–Es… Cuando me impuso mi castigo, estuve media hora agonizando en el suelo. Sentía que algo me ardía por dentro, como si me estuviese consumiendo en fuego.
–¿Qué hay de malo en eso, dejando de lado el dolor que pudieses haber sentido?
–Me quemaron vivo –soltó.
Su revelación me pilló completamente por sorpresa. Tanto, que los dos nos miramos durante unos segundos mientras yo procesaba la información.
Antes de que yo pudiera decir algo, que seguramente lo habría estropeado todo, Ancel siguió hablando:
–Fue la primera vez que tuve un miedo incontrolable. Ni siquiera el momento de mi muerte. Desde que me hicieron General, he tratado de esconder mi vida pasada, de encerrar todos los recuerdos en una caja con llave. Toda mi existencia se ha centrado en tres cosas: luchar, matar y olvidar. Hasta que llegaste tú.
 Abrí la boca para decir algo, pero en seguida supe que lo único que iba a salir de mi boca eran balbuceos, por lo que, simplemente, me acerqué a él y lo abracé.
Sus brazos me envolvieron y me apretaron contra su cuerpo mientras yo enterraba la cara en el hueco de su cuello. Sentía sus manos acariciando mi pelo lentamente, mientras el lazo que nos unía –no el de magia negra, sino el que de verdad me importaba– se fortalecía cada vez más.
Cuando nos separamos, sus ojos ambarinos me escrutaron con ternura.
–Cuando me convertí en la Muerte, un deseo de matar y causar destrucción se apoderó de mí. Yo… no tenía poder sobre mi cuerpo o actos. Fue horrible. Es como si algo me controlara, mientras yo miraba impotente.
–Pero ahora ya lo dominas –dije, sonriendo.
–Supongo –hizo una mueca.
Nos sumimos en un silencio que aproveché para observarle. Parecía incómodo, o como si me estuviese ocultando algo. Sin embargo, no le di mucha importancia.
–¿Se te ha pasado ya la molestia del estómago? –me preguntó.
–Ajá –con la conversación no me había dado ni cuenta.
De hecho, me había dado en qué pensar para, por lo menos, un siglo.
Los sentimientos de Ancel por mí no eran nada claros, además de que sentía como si algo me presionara el pecho.
El constante miedo de que Satanás nos encontrara también rondaba mi mente. Yo sabía perfectamente de lo que Lucifer era capaz de hacer. Podría quedarse sin su mejor espía por una cuestión de orgullo, así que, ¿qué le impediría deshacerse de una chica que no sabe ni cómo coger una espada?
En ese momento, un ruido me sacó de mi ensimismamiento.
Miré directamente a Ancel, que reprimió un grito ahogado antes de caer al suelo. Pude ver cómo sus ojos se ponían en blanco antes de que mi amigo los cerrara fuertemente.
Corrí hacia él, que estaba encogido en el suelo.
–Oh, mierda –repetía.
Entonces me vino a la mente el día en que sus ojos habían cambiado de color y le había dado un jamacuco. Cuando había tenido que matar a alguien.
Me quedé arrodillada junto a él, impotente, mirando cómo se retorcía en el suelo mientras soltaba improperios.
Tras unos minutos, se recompuso y abrió los ojos, que, tal como esperaba, eran de un azul eléctrico.
–Qué oportuno –comentó Ancel, con un tono sarcástico y distante.
Ares se acercó resoplando. Pasó por mi lado, me lanzó una nueva mirada asesina y se colocó junto a Ancel. La guadaña había aparecido como si nada en el costado del semental, colgada de la silla.
Ancel advirtió mi mirada suspicaz hacia el arma y se volvió hacia mí.
–Es mi… símbolo de poder.
–¿Sin ella eres débil, o algo? –iba a hacer un comentario sarcástico, pero, por alguna razón, se me quitaron las ganas.
–No, pero es lo que me permite, por decirlo de algún modo, segar los hilos de la vida. Cualquier otro espíritu no sería capaz de matar a un ser vivo, a no ser que seas una Fuerza.
–¿Una Fuerza? –las preguntas se me agolpaban de nuevo, por lo que me esforcé por contenerlas.
–Un tema que dejaremos para más tarde –Ancel le restó importancia con la mano.
–Está bien, pero, ¿la guadaña desaparece? Antes no estaba ahí.
–Se camufla –él se encogió de hombros.
–¿Para evitar robos? –Arqueé las cejas.
–Por diversión. Esa cosa solo la puedo tocar yo.
Asentí con la cabeza, sin tener nada más que decir. Ancel se volvió hacia Ares y montó. Después me tendió la mano para ayudarme a subir.
Cuando ya estuvimos los dos arriba, Ancel cerró un momento los ojos, y luego puso a  Ares a un trote lento.
–¿Cómo sabes dónde tienes que ir? –pregunté.
–Lo siento. Es como si, delante de mis ojos, un hilo hubiera aparecido, guiándome hacia el lugar. Además, tengo una fuerte atracción hacia mi víctima.
–Pareciste sorprendido cuando te dio el… flus, y antes dijiste que mi muerte la tenías muy preparada. ¿Por qué esta no? ¿Por qué la del otro chico tampoco?
Ancel se quedó un momento en silencio, como si sopesara sus ideas.
Luego contestó:
–Es… esta muerte no la tenía preparada –el titubeo era más que claro. No obstante, lo dejé correr. Ya tenía demasiadas cosas de las que preocuparme.
Después de casi dos horas de viaje, Ancel detuvo a Ares. Me llevó un momento para reconocer el lugar, y, cuando lo hice, una punzada de dolor recorrió mi alma.
Era mi barrio. El parque donde me había encontrado con Ancel.
–¿Qué estamos haciendo aquí?
–Aquí es adónde me ha dirigido el “hilo”.
Un miedo empezó a apoderarse de mí. ¿Y si Lía era la víctima de Ancel? ¿O algunos de mis familiares?
Traté de tranquilizarme. “Es un barrio grande”. Inspirar. “Hay muy pocas probabilidades de que sea un conocido”. Espirar.
–Lo siento, Leyna –dijo Ancel–. No sé quién es. Te diría algo si pudiera, pero no es la ocasión.
Sabía que estaba intentando calmarme, por lo que decidí ponerle el trabajo más fácil.
–Si quieres…
–Lo único que quiero ahora es no pensar en ello –le corté.
Él asintió en silencio, con los ojos azules brillando por la compasión. Pero yo no quería compasión. No la necesitaba. Además, yo era un Purgador, algo así como una rareza. Uno de cada cinco. Tenía que olvidar mi vida, como había hecho Ancel. Por fin lo comprendía: era mejor dejarlo pasar.
Respiré hondo varias veces, me convencí de que no tenía que dejarme sucumbir en el miedo o la preocupación, y avancé junto Ancel por el cruce en el que me atropellaron.
Ya no quedaban rastros de sangre. De mi sangre. ¿Habría olvidado el vecindario el siniestro que había tenido lugar… tiempo atrás? ¿Cómo estaría mi familia?
Se me pasó por la cabeza la idea de visitar a mi madre, a mi hermano y a Lía después de que Ancel terminara su tarea (dejando de lado la posibilidad de que uno de ellos fuera la víctima de mi amigo), pero descarté en seguida la ocurrencia.
–¿Me perdonarías? –preguntó Ancel de improviso.
Yo le miré con el ceño fruncido, sin entender. O sin querer hacerlo.
–Si la persona que tengo que matar fuera un conocido… ¿me perdonarías?
–Creo que siempre lo haría –mi respuesta le arrancó una sonrisa torcida, lo que me puso de mejor humor.
Anduvimos por varias calles más, haciendo un camino que me conocía demasiado bien. Por el sol, deduje que era la hora de salida del instituto.
De nuevo, el miedo y la preocupación amenazaban con apoderarse de mí, lo que me obligó a luchar para mantener la calma.
Después de unos minutos más, la reja que daba al aparcamiento del edificio en el que se suponía que debía estudiar, se abrió ante nosotros.
Por ella, mares de adolescentes diferentemente hormonados salían a borbotones, tratando de escapar de allí como más rápido se pudiera.
Miré a Ancel, indecisa, con numerosos pensamientos cruzando mi mente. Sin embargo, el más fuerte era una pregunta que formulé con los ojos, porque no fui capaz de decirlo en voz alta.
–Sí, es aquí. Está dentro –dijo Ancel, con voz queda.
Tragué saliva y me erguí, dispuesta a no derrumbarme. No iba a dejar que aquello pasara.
–Vamos –comencé a andar hacia el instituto, con la mirada puesta en el frente.
Noté a Ancel caminando a mi lado, seguro de sí mismo, como era habitual. Sus ojos azules relampagueaban, buscando a su víctima, como si fuera un depredador a punto de dar caza a su presa. Y, en cierto modo, lo era.
En dos zancadas grandes, mi amigo me alcanzó. Siguió con paso rápido hasta que estuvo unos centímetros por delante de mí, guiándome hacia dentro.
–Pase lo que pase… –empezó.
–Pase lo que pase, tú vas a hacer tu trabajo, y yo no te lo voy a impedir –le interrumpí.
Él asintió.
–No hace falta que mires, si es un conocido tuyo.
–Todos aquí son conocidos. Solo quiero que pase esto de una vez, y poder irnos adonde tengamos que irnos.
–Está bien –contestó Ancel, un poco desanimado.
–Y de todas formas, ¿por qué te afecta tanto? Creía que a ti no te importaba a quién matabas, y de aquí no conoces a nadie.
–Porque te afecta a ti –respondió, fijando sus ojos azules en los míos.
Suspiré y me esforcé por dedicarle una media sonrisa, que, a pesar de todo, no me salió muy allá. Sin embargo, él sí que sonrió abiertamente.
–Venga –dijo, cruzando la puerta que daba al interior del edificio.
Anduvimos por unos pasillos que ya casi estaban desiertos. Se me hizo raro ver que al pasar junto a las personas, estas ni siquiera nos advertían. Era perfectamente consciente de que esto ya había ocurrido, pero después de nuestra estancia en el Infierno, donde todo el mundo podía verme y oírme, me resultaba completamente extraño.
En seguida supe adónde nos dirigíamos, por lo que tuve la necesidad de preguntar el día exacto.
–Estamos a jueves. Mayo –contestó Ancel.
Respiré aliviada. Ninguno de mis mejores amigos tenía biología a última hora los jueves.
Cuando finalmente alcanzamos el aula, descubrimos que estaba vacía. Yo pensé que era una mala señal, pero Ancel sonrió abiertamente.
–Justo a tiempo –comentó.
Me dio un golpecito en la mano para indicarme que le siguiera, cosa que hice.
Recorrimos el pasillo hasta las escaleras, donde una figura estaba a punto de bajar las escaleras.
Entonces, Ancel echó a correr hacia el chico, a quien yo no era capaz de reconocer aún. Había algo en su figura que me resultaba familiar, algo en su manera de andar, en la forma en que su pelo rozaba su cuello.
Justo cuando el joven iba a poner un pie en el primer escalón, Ancel le empujó, haciendo que el chico se golpeara la cabeza contra el borde de uno de los peldaños, terminando con su vida de la manera más tonta.
El espíritu del muchacho comenzó a emerger, todavía de espaldas a nosotros.
Su energía era una mezcla de cuatro colores diferentes: rojo, azul, blanco y marrón, y hacía ondas en el aire con mucha fuerza.
Por fin, el chico se dio la vuelta, haciéndome soltar un grito ahogado. Miró su cuerpo unos instantes, confuso, hasta que advirtió nuestra presencia.
Alzó la cabeza, dejándonos ver unos ojos marrones que, sin duda, confirmaban que Ancel se había cargado al segundo chico más guapo del mundo (después de él). Al chico del que llevaba pillada desde quinto.
–Es Tom –dije, para nadie en concreto.
–Sí –contestó Ancel–. Y es un Elemental.

jueves, 15 de mayo de 2014

Capítulo 16.

¡Hola! ¡Feliz día de San Isidro si vives en Madrid! Yo no he tenido cole uajaja :3 En fin, traigo un 16 con una pequeña sorpresita y un Ancel muy cabreado. ¿Queréis saber por qué? Leed :) ¡Pero todavía no! Tengo cosas que decir. La primera es que, como siempre, quiero comentarios. Tres por lo menos. La segunda, y creo que os va a gustar, es que me dejéis vuestros correos en comentarios o por cualquiera de las redes sociales que tengo para la novela. Tengo un regalito ^-^ Y bueno, creo que eso es todo... Siento que se me olvida algo, pero no sé el qué. ¡Ah! Otra cosa. Este capítulo no va repasado, porque tras 230 páginas, he llegado al punto de la novela en la que todo lo que escribo me parece una mierda y me aburre, así que, si leo lo que llevo escrito, me deprimo y me entran ganas de dejar de escribir, pero no lo haré. No otra vez. Así que, siento los fallos. Disfrutad :) ¡Oh, no! ¡Esperad! Ya me acuerdo. Pasaos por aquí y dadme vuestra opinión, que cuando lo termine va a concurso^^ ¡Gracias! Invisible.

Este capítulo va dedicado a Pat, que tanto me amodia. Yo también te amodio, falsa Clary y anatidaefóbica (como yo) :) En fin, gracias por todo ^^

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Capítulo 16.
Ancel me condujo –o me arrastró– por un entramado de pasillos en el que me perdí en seguida.
Cuando ya llevábamos al menos veinte minutos caminando, se detuvo casi de golpe, lo que hizo que casi me chocara contra él.
 –¿Qué? –pregunté, tratando de encarcelar las emociones en una caja cerrada con llave. Me había prometido que no sacaría conclusiones precipitadas.
–La puerta está abierta –susurró Ancel.
Por el tono de su voz, pude descubrir que lo más habitual era encontrarse con la puerta cerrada a cal y canto, lo cual me extrañó, porque la verdad era que no tenía ni idea de adónde daba.
–¿Qué hay detrás?
–Ahora, oscuridad –noté la sonrisa torcida de Ancel.
–Tengo ojos, genio. ¿Qué hay en esa oscuridad?
–Se supone que el establo.
Abrí los ojos.
–¿Y qué pasa porque la puerta del establo esté abierta? A lo mejor alguien se ha olvidado de cerrar porque se le escapaba el caballo.
–Ese es el problema –dijo Ancel, como si fuera obvio,  aunque yo seguía sin verlo–. Que solo hay un caballo ahí dentro.
Y sabía perfectamente quién era. Ares.
Ancel y yo cruzamos una mirada.
–¿Quienquiera que sea el que ha abierto la puerta, crees que seguirá ahí dentro? –inquirí, mientras más preguntas se me venían a la mente. ¿Qué estará haciendo? ¿Quién puede entrar a la sala?
Ancel echó un raudo vistazo a la rendija entreabierta de la puerta, que permitía ver una franja de oscuridad completa. Luego, volvió a posar sus ojos en mí, con una sonrisa de medio lado que me puso los pelos de punta.
–¿Por qué no me lo dices tú? –dijo.
–¡Ah! Por eso tu sonrisa malvada –arqueé las cejas.
Él rio levemente, pero no contestó.
Me quedé un rato con la mirada puesta en sus extraños ojos ambarinos, cubiertos ahora por una cortina de flequillo color castaño.  Después me volví hacia la puerta entreabierta y saqué mi poder.
Cerrando los ojos, porque me resultaba más fácil y cómodo, extendí mi habilidad por toda la sala, esparciéndola por cada rincón.
Como solo percibía esencias, no pude averiguar qué tamaño tenía la sala o cuál era su forma. No obstante, tampoco sentí ninguna presencia.
Retiré mi poder y me giré hacia Ancel.
–Nada –dije, como respuesta a sus interrogantes ojos.
–Pues entremos –contestó, dispuesto a echar a andar hacia el establo.
–No, Ancel, no lo entiendes –le cogí del brazo–. Ahí dentro no hay nada.


–¿Dónde estamos? –pregunté.
Ancel se hallaba a mi lado, en cuclillas, inspeccionando el pequeño –pequeñísimo– cuarto en el que estábamos.
–Bajo la habitación de Nergal.
–Oh, bien, genial, ¿qué vamos a hacer aquí, eh?
Ancel sonrió sarcásticamente.
–¿Tú qué crees? –arqueó una ceja y añadió–: Vamos a hacer un trío.
Fruncí el ceño ante la broma, que no tenía nada de gracia.
–Le voy a partir el cuello a ese mamón como me entere de que me ha robado el caballo –aclaró, haciendo un gesto con la mano.
–Eso suena mejor.
Ancel reprimió una sonrisa y se volvió hacia el techo, al tiempo que un ruido sordo, como de una puerta cerrándose de un portazo, penetrara en nuestros oídos.
Ancel se quedó quieto, a la espera de escuchar algo más. Se volvió hacia mí y se colocó el dedo sobre los labios, indicándome que guardara silencio.
Yo asentí y decidí ser de ayuda. Tiré del calor que advertía la presencia de mi poder y lo expandí hacia arriba.
Al principio no noté nada, pero conforme lo iba moviendo a lo largo de la habitación de Nergal, sentí dos esencias, una increíblemente poderosa.
Satanás y Nergal se hallaban arriba.
Cuando retiré mi habilidad y abrí los ojos, Ancel me estaba mirando.
–¿Qué? –susurré.
–Es solo… tu energía –respondió, con el mismo tono de voz.
Bajé la mirada para intentar comprender lo que Ancel señalaba, pero no vi nada que me llamase la atención.
–Es más grande –aclaró.
Fruncí el ceño. ¿Mi energía más grande? Eso era una estupidez.
No obstante, cuando iba a preguntar, las voces de arriba llegaron bien a mis oídos, por lo que callé y me dispuse a escuchar.
–¿Lo tienes? –Lucifer parecía satisfecho.
–Así es. ¿Cuándo conseguiré mi parte del trato? –respondió Nergal, cuyo tono de voz sonaba más bien molesto.
–Cuando me haya asegurado de doblegarlos.
–¿Creéis que será posible? Quiero decir, ya habéis visto a la chica, y ni siquiera ha empezado a ser entrenada.
–Los humanos son simples, Nergal, nunca lo olvides. Ancel me obedecerá en cuanto yo tenga algo que le pertenece. Las amenazas siempre funcionan.
–Como digáis, Señor –masculló Nergal.
–¿Dónde está, chico? ¿Dónde lo tienes? –preguntó Lucifer.
–Está en una cabaña en las lindes del bosque, bien atado. Voy para allá ahora mismo con un par de soldados.
–¿Un par de soldados? Llévate a uno de mis guardias personales.
–Prefiero llevarme a dos soldados, Señor –replicó el niño.
–Créeme, Nergal. Prefieres llevarte a uno de mis guardias, que no le ha jurado lealtad a Ancel y que no acatará ninguna de sus órdenes.
Lo siguiente que se oyó fue la puerta cerrándose, aunque las tablas del techo de la habitación en la que estábamos crujieron bajo el peso de quien supuse que era Nergal.
Tras unas vueltas por todo su cuarto, el ruido de la puerta volvió a oírse, y todo se quedó en silencio de nuevo.
–Cabrón de mierda –masculló Ancel.
–¿Quién? ¿Nergal o Lucifer?
–Nergal. Lucifer sería un cabronazo.
Reprimí la risa.
–¿Qué vamos a hacer ahora?
Los ojos de Ancel adoptaron un brillo malicioso.
–Vamos a recuperar mi caballo.


Llevábamos casi dos horas andando, y, aunque no podía sentir cansancio, empezaba a hartarme de tanta superficie lisa y blanca.
Habíamos salido del Infierno Ciudad, según lo que me había contado Ancel. El plano entero era el Infierno, y aunque antes la ciudad era llamada Capital, pronto se había pasado a denominarse Infierno, ya que no mucha gente salía de allí.
No obstante, lo único que importaba es que seguíamos en el territorio de Lucifer, pero lejos de su alcance.
Supuestamente.
Por fin, tras media hora más, las sombras de árboles bastante altos nos acogieron. Algunos arbustos reposaban también sobre la superficie inmaculada.
–¿Cómo es posible? –susurré, más para mí que para Ancel, mientras observaba las plantas.
–No son almas. Simplemente, han removido la materia para hacer las figuras y simular un bosque, pero no tienen ninguna energía –contestó Ancel.
Asentí levemente, apartando por fin la mirada de la frondosa vegetación, que tan real parecía. Sin embargo, mi amigo llevaba razón: ninguna energía manaba de los árboles y arbustos.
–Vamos –dijo Ancel, echando a andar hacia el interior del espeso bosque.
Anduvimos largo rato en silencio, donde solo el suave roce de nuestras pisadas era audible.
Finalmente, fui yo quien habló primero:
–A ver si lo he comprendido –Ancel me miró con el ceño fruncido, hasta que entendió por dónde iban los tiros–. En el Otro Lado hay dos tipos de espíritus, los Almas y los Purgadores, que recuerdan y conservan parte de su humanidad –leve asentimiento por parte de mi compañero–. Hace mucho se inició una guerra porque los Almas nos consideraban peligrosos al poder interactuar con el mundo de los vivos, ¿verdad?
–Así es.
–Dios entró en cólera y le declaró una guerra eterna a Lucifer, que ahora se ha vuelto majareta y su sed de poder le está destruyendo a él y a nosotros.
–Básicamente, sí.
–Entonces, ¿lo he entendido bien?
–Bueno, todavía hay cosas que… –se calló de repente, volviéndose con una velocidad impresionante hacia un punto en la espesura del bosque.
–¿Qué…?
–¡Shh!
Sacudí la cabeza e intenté escrutar la maleza para ver algo, pero la vegetación parecía taparlo absolutamente todo.
Sin embargo, pronto empecé a oír el leve sonido de pisadas, que poco a poco iba aumentando hasta hacerse claramente audible.
 Luego empezaron las voces, que, aunque aún no se escuchaban lo suficientemente bien como para poder distinguir lo que decían, sí eran lo bastante altas para decir a quién pertenecían.
Y una era la de Nergal.
Percibí una sonrisa en el rostro de Ancel, una que no auguraba nada bueno. Al menos, no para el chico que había robado a Ares.
 –¿Qué vamos a hacer? –susurré lo más bajo que pude.
–Tenemos que acercarnos más –respondió Ancel en el mismo tono.
Así que, agachados y procurando no hacer demasiado ruido, seguimos los sonidos de las pisadas, cuyos dueños no parecían haber advertido un peligro inminente.
En mi mente, la actividad no era poca.
Diferentes cosas me pasaban por la cabeza, pero todas estaban relacionadas con algo. O, mejor dicho, alguien. Ancel.
Recordaba las veces en las que sus manos habían estado en contacto con mi cuerpo en el insuficiente entrenamiento que me había impartido, y eso me llevaba a pensar en lo que había sucedido en mi habitación antes de que Nergal lo interrumpiera y lo que hubiera podido pasar después. Además, Ancel aún no había sacado el tema, y, aunque teníamos asuntos más importantes entre manos, yo no podía evitar preguntarme qué había significado para él.
Un nuevo ruido me sacó de mi ensimismamiento, y, cuando me quise dar cuenta, Ancel ya no estaba a mi lado, sino completamente ensartado en una pelea contra Nergal.
Los hombres de Lucifer que le acompañaban se encontraban en el suelo, al parecer, golpeados por la empuñadura de Musitel, cuyo dueño se movía nuevamente a una velocidad vertiginosa.
Nergal parecía encontrarse en apuros. Sus ojos, llenos de preocupación, intentaban captar los ataques de Ancel para poder esquivarlos a tiempo, y, a pesar de que lo conseguía, iba demasiado justo. Tanto, que, de hecho, en uno de los golpes Musitel alcanzó el costado del chico, que reprimió un alarido mientras daba un traspiés.
En ese momento, Ancel alzó a Musitel, para trazar un arco casi perfecto en el aire antes de acabar contra el cuello del rival, que se encontraba en el suelo, bien sujeto bajo el pie de mi compañero.
De pronto, sentí que debía hacer algo. No podía quedarme mirando sin más, mientras Ancel lo hacía todo. No iba a ser una niñata malcriada que solo sabe llorar. Iba a hacer algo de ayuda.
Salí de mi escondite tras los arbustos y rodeé a Nergal y Ancel, quien me lanzó un breve vistazo apenas notable y luego volvió a posar su mirada sobre el chico de pelo negro, cuyo traje estaba arrugado. Las gafas de pasta descansaban sobre el suelo a poca distancia de donde estaban ellos.
Capté un movimiento en la mano de Ancel, que sacó un puñal de su cinturón y señaló una dirección. Posteriormente lo acercó peligrosamente al otro chico.
Supe qué había significado el acto de Ancel, y también supe que él sabía perfectamente adónde me dirigía y qué pensaba hacer.
Así que me encaminé hacia el lugar que había señalado la punta del puñal, dejando también intimidad a Ancel, pues tenía la certeza de que se lo haría pagar a Nergal.
Apartando ramas y demás maleza, y recibiendo numerosos arañazos que no me importaban lo más mínimo, me abrí camino a un pequeño claro, en cuyo centro había un pequeño establo, al parecer construido con madera.
No me preocupé en esconder mi presencia allí, pues algo me decía que no había nadie en los alrededores aparte de Nergal y Ancel, cuyas palabras eran levemente audibles.
Empujé la vieja puerta, que emitió un suave crujido al abrirse, y pasé al oscuro interior del establo.
Notaba las paredes polvorientas, iluminadas por los escasos rayos de luz blanca que conseguían infiltrarse entre las grietas de la desgastada madera.
Busqué a tientas al semental de Ancel, al que tan mal parecía caerle.
El maldito animal ni siquiera se movía, pero, de alguna manera, yo sabía que estaba allí.
Era como si Ares llevara una parte de Ancel, al cual yo estaba unida.
De todas maneras, estaba allí. Yo lo sentía, pero el condenado caballo ni se movía ni hacía ruido para advertirme de su presencia, por lo que tuve que avanzar a oscuras, tocando y caminando con cuidado y endiabladamente despacio para no chocar con nada.
Cuando finalmente decidí recurrir a mi poder, una sombra cubrió la pared que estaba justo delante de mí.
Abrí los ojos sorprendida, y me quedé inmóvil. Ahora sí que resultaba verdaderamente útil no tener un corazón martilleando desbocado y una respiración que contener.
Sentía una presencia detrás de mí, muy pegada, con una energía peculiar. No obstante, debido a un miedo creciente, seguí sin hacer nada, barajando bien mis opciones antes de hacer un movimiento.
No obstante, en ese momento, un gran cuerpo negro entró en mi campo de visión de repente, haciéndome soltar un chillido histérico y pegar un brinco bastante cómico hacia atrás.
La ira se desató en mi interior, clavando una mirada iracunda en el condenado semental de Ancel, cuyos ojos ahora emitían un brillo divertido y burlón.
–Realmente se nota que eres su caballo –comenté, sin despegar todavía mis ojos de los suyos.
Me acerqué un poco, rozando su suave pelaje del color del ébano, que ahora apenas resultaba visible.
–¿Crees que si le pidiera un escarmiento a tu amo, se reirá más de la cuenta? –le pregunté a Ares.
Obtuve un movimiento de cabeza como respuesta, que no era poco.
Ahora sí, saqué mi poder y lo utilicé para comprobar mis sospechas: Ares estaba atado.
Una improvisada cabezada le unía a la pared, y, aparte de encontrarse en una especie de cuadra, varias cuerdas estaban enrolladas alrededor de sus patas, impidiéndole moverse.
Tardé varios minutos en desatarle entero, pero cuando lo conseguí, le guie hacia donde recordaba que estaba la puerta.
Ancel esperaba en el exterior, con la típica sonrisa burlona adornándole el rostro.
–¿Dónde está Nergal? –inquirí.
La sonrisa de su boca se ensanchó hasta alcanzar proporciones demasiado grandes para su cara.
–Lamentablemente, no está donde debería estar, que es pudriéndose en el limbo, pero le he dejado una marca y le he obligado a enseñársela a Satanás, lo cual es genial, porque así matamos dos pájaros de un tiro –concluyó.
Sacudí la cabeza, reprimiendo una sonrisa.
–A veces empiezo a pensar que no eres más que un asesino psicótico.
–Es probable que esté en camino de serlo –otra sonrisa.
Suspiré.
–¿Y de ser un completo idiota?
–Eso es cierto. Soy un total idiota. Y un capullo –admitió.
Asentí, satisfecha, y luego eché un vistazo detrás de mí, donde Ares esperaba pacientemente.
–No deberías enseñarle a dar sustos –dije.
Ancel estalló en carcajadas, para mi sorpresa.
–¿En serio te ha dado un susto? –preguntó cuando se le pasó el ataque de risa–. Le enseñé a hacer eso un día, cuando mi aburrimiento rozaba los límites espacio-temporales. Pero no pensaba que lo iba a aprender. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza el hecho de que me escuchara y entendiera.
–Bueno, pues sí, lo ha hecho, y no hace gracia.
Ancel luchó por controlar la risa y, cuando finalmente se calmó, se acercó a Ares y le palmeó el cuello.
–Bien hecho, amigo –susurró.
–¿Cuándo nos vamos? –pregunté, sin poder contenerme más.
–Ya mismo.
Ancel se colocó en el costado izquierdo de Ares, como la última vez, y extendió sus brazos para darme a entender que me ayudaba a subir.
–Sigue soñando –le dije, apartándole.
“No tiene que ser tan difícil subir a un caballo” pensé.
Pero vaya si me equivocaba. El maldito animal debía de medir como poco un metro ochenta, por lo que agarré las crines y me sujeté a la silla, impulsándome con todas mis fuerzas hacia arriba.
Conseguí pasar la pierna derecha al otro lado gracias a un empujoncito de Ancel, que, por suerte para él, había sido en el tobillo.
Me coloqué en la grupa para dejar espacio a Ancel y luego rodeé su torso con mis manos, lo que me llevó a pensar en el beso.
Sin embargo, aparté esos pensamientos de mi mente y conseguí centrarme en otras cosas.
–¿Preparada? –preguntó Ancel por encima del hombro.
–Sí –respondí.
Entonces, azuzó a Ares, que partió a un galope corto, pero que poco después se transformó en un gran galope tendido.
En ese momento, antes de cambiar de plano, me pregunté si verdaderamente estábamos haciendo lo correcto, si enfrentarnos a Satanás nosotros solos no era más que un suicidio.
Sin embargo, la oscuridad me tragó, llevándose consigo todos mis pensamientos.

jueves, 8 de mayo de 2014

Capítulo 15.

¡Hola! Primera noticia del día: ayer me dijeron que tanto yo como una amiga hemos pasado de fase en la 54º edición del concurso de jóvenes talentos de coca cola, lo cual es todo un orgullo :D Me gustaría que mis otras amigas se hubieran clasificado también, ya que escriben de muerte todas, pero no ha sido posible :$ Otra cosa, no está repasado (no tengo tiempo). Y, por favor, he notado una gran decadencia en los comentarios (de 8 a 4, o sea, la mitad), así que me gustaría que retomarais un poco la línea de antes. Me encantan los comentarios, son un gran apoyo y sirven de mucha ayuda, y no cuesta nada ponerlos, así que, por favor...
Bueno, y como el capítulo anterior se me olvidó dedicarlo, lo pongo aquí.
El capítulo 14 está dedicado a Sandra Gómez, mi hermana, que me ha apoyado siempre y con todo. En serio, no sé cómo llegué a conocerte, pero fue genial. Te quiero.

Este capítulo se lo dedico a Vera, que también ha sido una gran ayuda, que me halaga cuando no es necesario (¬¬), y con la que me encanta hablar, porque es como una segunda hermana pequeña, pero que no molesta ^^ Gracias<3

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Capítulo 15.
Pasaron unos segundos de oscuridad hasta que mis ojos se acostumbraron a la leve luminosidad de la habitación.
Frente a mí, Ancel tenía el miedo impreso en la mirada. Y, tras él, había una tercera figura, que nos miraba a ambos con unos gélidos ojos oscuros.
Lucifer.
Una sonrisa que me puso los pelos de punta le cruzaba la cara, y, al estar sumido entre las sombras que proyectaban las paredes, solo sus ojos y su sonrisa se veían bien.
Ancel se giró, encarando a su Señor, pero no dijo nada.
Lucifer dio un paso hacia delante, y tuve que contenerme para no retroceder o hacer algo que empeorara las cosas.
“¡Sabía que esto era ilegal!”, pensé.
Satanás levantó un brazo, y Ancel movió ligeramente su mano hacia la empuñadura de Musitel, por precaución.
Pero, para nuestra sorpresa, Lucifer aplaudió.
Ancel y yo nos miramos con el entrecejo fruncido, confusos, sin llegar a entender qué podía estar pasando.
La amenaza implícita de sus palabras en la visión de los recuerdos de Ancel o Lucifer no se parecía en nada a lo que estábamos viendo.
¿No estaba enfadado? ¿Ni siquiera un poco molesto?  Y, además, ¿aplaudiendo? Esto no tenía ni pies ni cabeza.
–Me parece asombroso lo que has hecho, General. Digno de mis aplausos.
Ancel apretó los labios, sin responder. Pude ver la desconfianza pintada en su rostro mientras esperaba a que fuese la única que se hubiera dado cuenta de su reacción.
–Realmente, me has sorprendido, joven. Has sido capaz de invadir mi cabeza, pero me subestimas. Soy más fuerte de lo que tú y tu amiga creéis.
–Leyna también es más poderosa de lo que ninguno cree –intervino Ancel, desafiante.
Sin embargo, fue el primer mal movimiento que hizo Ancel en toda su estancia en el Infierno, llevado por la notable ira que crecía en su interior.
–¿Ah, sí? –replicó Satanás, con una extraña sonrisa–. No me estarás ocultando algo, Capitán.
La amenaza impresa en sus palabras se podía hasta tocar.
Pensé que Ancel vacilaría, que sacaría a la luz mi poder, pero se limitó a sostenerle la mirada y responder con voz firme:
–No, Señor.
–Más te vale, joven –respondió Lucifer, borrando por fin la sonrisa.
Y entonces, desapareció, como si fuera humo.
Ancel y yo cruzamos una mirada rápida, que significaba muchas cosas.
–Ven –dijo, mientras hacía girar el pomo de la puerta.
–¿Adónde vamos? –inquirí, tratando de seguir su paso rápido por el largo pasillo.
Habíamos ido hacia el lado derecho, que llevaba a tres o cuatro puertas cerradas.
Ancel atravesó una colocada al final a la izquierda sin responder a mi pregunta. Resoplé por el esfuerzo y la frustración y me apresuré a seguirle.
Entramos en una sala polvorienta, sin tapizar, cuyos muebles eran del año de la polca y, de no ser inmateriales, se habrían caído a pedazos hacía muchos siglos.
Una fila de perchas adornaba una de las paredes, mientras que en la otra había colocada una especie de pizarra antigua. Mesas, o restos de mesas, estaban aglomeradas por toda la habitación.
–Una clase –susurré.
–Lo era –respondió Ancel entre jadeos, mientras buscaba algún punto entre las montañas de mobiliario.
–Si me dices lo que buscas, a lo mejor te puedo ayudar –le dije.
–Bueno, pues si encuentras una maldita compuerta, dímelo.
Suspiré. ¿Adónde me llevaba?
A pesar de mi creciente frustración, me puse a observar cada tabla del suelo en busca de algo que me indicase la presencia de una salida hacia algún lado.
–¿Cómo sabes que hay una compuerta? ¿Es que nunca la habías abierto o algo?
–Lo sé porque desde mi cuarto se ve –su respuesta me sorprendió.
Seguimos buscando en silencio, hasta que vi algo que me llamó la atención.
Cuando fui a andar, tropecé y me tuve que agarrar a una de las perchas, que cedió bajo mi peso.
Un sonido chirriante penetró en mis oídos mientras me recomponía.
Ancel miraba un gran boquete en el suelo, que daba a una cama parecida a la mía.
Luego, sus ojos ascendieron, buscando los míos. Frunció el ceño.
–Al final nos ha venido bien tu torpeza –una sonrisa torcida volvió a aparecer en su boca.
Yo sonreí también y me acerqué para mirar por el agujero. La habitación estaba en penumbra, por lo que solo pude distinguir el colchón.
Ancel me dio un empujón desde atrás que me hizo perder el equilibrio y vencerme hacia delante, cayendo a su habitación.
El impacto me dejó sin aire, pero no me hice daño. Tendría que conseguir un colchón tan blandito como el que tenía Ancel.
–No te hará falta –respondió mientras caía con perfecta gracia a la cama.
Noté cómo el colchón se hundía bajo su peso.
Luego, ambos nos levantamos y Ancel se puso a rebuscar entre cajones, baúles y algún que otro arcón que había en la grande habitación.
–¿Por qué tu habitación tiene más espacio?
Ancel levantó la cabeza y señaló con el dedo una de las paredes. Al principio no supe qué quería decir con eso, pero cuando me acerqué, lo comprendí todo.
Absolutamente toda la pared estaba recubierta de arañazos, cortes y golpes, seguramente de Musitel o los propios puños de Ancel.
–Llevo tiempo esperando a que la palmaras –susurró.
Yo me volví en redondo.
–¿Por qué?
–Para poder escapar de este lugar infernal. Literalmente –añadió.
–¿Escapar? ¿Por qué? –repetí.
–Sencillamente, porque Satanás está cambiando. Después de ganar esa batalla, se hizo muy poderoso. No sabes a cuántos Purgadores Conversos ha mandado al Limbo.
–¿Purgadores Conversos?
–Si un Alma es atravesado por la espada de un Purgador, el primero sufre un cambio y se Convierte en uno de nosotros. Y viceversa.
«Después de que Dios repartiera su esencia a los Almas, vinieron más. Satanás nos ordenó que matásemos únicamente a los que tenían el poder divino, alegando que eran los fuertes.
«Y era verdad. Eran los más poderosos. Pero a Lucifer no le importaba nuestra victoria. Desapareció de la pelea, dejándonos allí, mientras segábamos espíritus. Se dirigió al lugar donde aparecen todos los Conversos y comenzó a absorber su energía Celestial y mandarlos al Limbo para evitar que le delataran.
–Entonces…
–Satanás esconde muchos secretos –me cortó–. Más de los que yo nunca sabré. Y tiene mucho poder. Pero lo que lo hace peligroso es su ansia.
Sus ojos se trabaron con los míos, y el color ambarino relució bajo la penumbra.
–Hay que deshacerse de él, Leyna. Tienes que ayudarme a liberar al Infierno.
Me quedé callada, sin saber qué hacer o decir.
No conocía la magnitud del asunto. De hecho, no tenía ni idea de nada, pero sabía que nosotros dos solos no íbamos a hacer nada.
–No te preocupes. Hay muchos, muchísimos, de mi lado. Leyna… –sus ojos demostraban sinceridad, y, además, no soportaría la idea de separarme de Ancel.
–¿Cuándo empezamos?


De su habitación habíamos bajado al sótano, donde se encontraba la Sala de Entrenamiento, que en ese momento estaba vacía.
–Como aquí no nos cansamos, tienes que incrementar tu energía al máximo, tienes que adquirir poder –explicó a Ancel, mientras repasaba cada arma colgada de la pared–. Además, necesitas rapidez, agilidad, para ganar a un adversario como yo.
Por fin, terminó de observar las hachas, espadas, mazas, escudos y demás armas que había en la sala.
–Qué modesto –ironicé.
Él esbozó una sonrisa torcida y agarró una espada que de solo verla se me caían los brazos. La examinó con un brillo de admiración en los ojos, y en ese momento supe que hasta mi llegada, su vida había estado rodeada de armas y peleas.


Pasamos casi seis horas luchando, en las que Ancel me derrotó como unas tres mil quinientas millones de veces.
No obstante, aprendí estrategias, pasos y cómo sujetar una espada, por lo que el entrenamiento –o tortura para Leyna– dio sus frutos.
Ancel me miraba desde la otra punta de la sala, examinando cada milímetro de mi cuerpo. Ya no me intimidó su mirada.
–Ven –dijo–. Quiero enseñarte cómo coger el arco. Será muy útil cuando nos marchemos.
Aquello me cogió por sorpresa.
–¿Marcharnos? ¿Cuándo? ¿Adónde?
En ese momento, un ruido leve nos sobresaltó a ambos.
Nos giramos hacia la puerta, de donde había salido el pequeño sonido.
Solos tuvimos tiempo de ver un trozo de túnica azul oscuro, pero ambos la reconocimos al instante.
El miedo se apoderó de mi estómago y Ancel me dirigió una mirada que significaba que él sentía lo mismo.
–Nos vamos ya –dijo, mientras echaba un último vistazo al lugar en el que había estado Satanás unos minutos antes.